Al carajo Blancanieves

Blancanieves y solamente tres enanitos. A ese juego me adscribí casi sin pensarlo porque me ofrecieron ser el príncipe y Blancanieves era la nena que me tenía loco a los seis años. A los seis años. Era algo surreal pensar que mi diminuto pipí sintiera aunque fuera algo de cosquillas mañaneras al saber que me tocaba a mí, al gordito de la clase, darle el beso que la despertaría de su penuria somnolienta. Como uno es un pendejo, y Disney es un cabrón, yo juraba que esa caricia labial despertaría su pasión por mí.

Entonces, empezó la recreación del cuento. Por un lado, los tres enanos acomodaban a Blancanieves en una de esas casas de plástico que se encontraban, usualmente, cerca de los columpios. En cualquier momento, yo tenía, yo debía hacer la entrada triunfal y zamparle el beso que la dejaría loca de amor. Pero el mundo se detuvo.

Mi corazón empezó a latir fuertemente. Yo era la hostia humana porque perdería mi virginidad bucal. Vir-gi-ni-dad bu-cal. Era un topo de seis años, con el mini falo que le ardía sin saber qué era eso, que no sentía el piso, pero que temblaba junto al chorreo sanguíneo que le explotaba el oído en un instante de vacío existencial porque tocaría otros labios, los de esa Blancanieves cafre, a la boricua, pero otros labios al fin. Y caminé con toda la seguridad del mundo. Batallé contra el juicio de todos los espectadores. Dibujé mi vida en pleno casamiento con la princesa y, de pronto pero sin prisa, sin querer queriendo, ya estaba ahí, frente a frente con mi futura esposa.

Yo no me pegaba del todo y la gravedad hacía su juego. Vi mi corta vida pasar delante de mis ojos y llegué. Llegué. Labio con labio, corazón con corazón, asco con asco y más asco del que pudiera imaginar con tan sólo el roce de dos cuerpos en esas bocas diminutas. Pero mi lengua quería salir a bailar su primera bachata. Ba-cha-ta. Wilfredo José, para. Y salió y habitó y saboreó la dulce Nutella que le violó la boca, hacía unos minutos, a esa Blancanieves. Wilfredo, a ti no te gustan las nenas. Despertó. Iba a ser mía. Mía, mía, solamente mía.

Vómito. Te lo dije. Ella vació su estómago. Ella vació su vida. Ella vació nuestro camino. Ella vació mi ilusión y jamás volví a ser el príncipe que tanto ansiaba. Ella se quedó sin vísceras. Por bellaquería precoz. Yo me quedé sin princesa. Ella quedó muerta en vida y yo… yo intenté el juego una y otra vez. Entre masacres de dignidad y vivirme el cuento, me cagué en la madre de Walter Disney y supe que la vida no es un cuento de hadas, que la luna no es de queso ni se come con melao, y que las Sagradas Escrituras son tremenda mierda ficcional. Al carajo Blancanieves.


Por: Wilfredo J. Burgos Matos