Parado

El corazón se paró nada más de verlo. Lo mismo pasó con el bicho. Dos entes conectados en una sola acción: pararse. Yo, me desesperé al esperar el cambio de luz, de verde a roja, para llegar a mi apartamento luego de la primera clase. Pero todo estaba parado. Desde la mierda de semáforo hasta mi cuerpo, que tan sólo se movía sin coordinación alguna en conjunto con la inercia que me habitó por dentro. Yo tenía que chichar. Eso era todo. Pero quién carajo se apiada a esta hora de la mañana. ¿Quién se matricula en un curso a las 7:00 a.m. para excitarse sin que el primer café haga el efecto? Todos con los culos y las pingas dormidas y yo más bellaco que nunca.

Tenía que rasparme una puñeta. No había de otra. Este deseo se calmaba al dejar salir toda la furia que tenía en mí. Esto se iba al sacar esas ganas locas de tragarme lo que fuera para saciar mi hambre mañanera. Ya no puedo más. Camino rápidamente. Corro suavemente. Miro atentamente para que no me atropellen. “No hay peor cosa que morir con el queso saliéndose por la nariz”, pienso yo. Y llego. Abro el primer portón mientras me bajo el zipper. Cierro el primer portón. Abro el segundo. Me encabrona vivir en Río Piedras. Tanta seguridad y bellaquera juntas no es de Dios. Cierro el candado. Me bajo el pantalón. Llego a mi cuarto. Está más rojo que nunca.

Palpita, ruge, quiere vacilar. Y yo pienso en él. En ese que vi. Un hombre que no es mío. Pero que amo como si lo fuera. Y quiero poseerlo, y quiero mamárselo, clavármelo, tragármelo en medio segundo. Y me mamo la tetilla izquierda mientras me sobo la pinga. Está rica. Dulzona. Paso a la derecha, se pone puntiaguda, cumpleaños feliz, está más directa que una pistola. Me escupo. Trazo con la mano izquierda el camino de esa saliva maldita, salada y pegajosa por todo mi cuerpo. Escupo otra vez y me mojo el mismísimo culo. Y me raspo la puñeta.

“Ángel, Ángel se llama”, me repito perdiendo la razón.

Para arriba y para abajo, la mano juguetea, la punta se agranda, las venas se llenan, mi vida se agota, pero qué bueno es. Ángel. “Dale, papi, hazme tuyo. Clávame, puñeta. Méteme los dedos ahora, que está flojito”. Ángel. Angelito de Dios. Cabellera en la que me sumerjo. “Dámelo completo”. Cuello que te comería y te chuparía como se le hace al helado en pleno verano. “ÁngelÁngelÁngel”. Pecho que me comería como si hubiese hecho una huelga de hambre. “Me voy a venir, me voy a venir”. No pares, puñeta. No te vayas nunca de mí. “Sigue, Ángel, Ángel, sigue”.

Gritos. Ángel. Leche. Tetillas. Saliva. Barriga. Estrías. Leche.

Ángel. Más Ángel. Cuerpo mío. Rico cuerpo mío. Estoy cabrón. Me siento como un rey. Descanso y me precipito sobre la cama. Miro el techo. Blanco. Es hora de volver a estudiar. Sin el Ángel que amaría, con el recuerdo de que en sueños lo clavé y él me clavó a mí también. Quiero agua.


Por: Wilfredo J. Burgos Matos