Estuario ilusorio

Para ti, ciudad de ruinas, ciudad adorada.

Art Deco es tu ATM
Art Deco es tu ATM

Una bachata se pasea por el oído izquierdo. Un tumulto de timbales en clave de salsa se persona a mi lado derecho. Ramonita, que siempre anda en silla de ruedas, me ofrece dos cigarrillos a dólar o me pide una peseta. “Tú sabes cómo está la cosa”, me dice. Sonrío y atiendo el mandato. “Aquí está, mi amor, nos vemos más tarde”, le aseguro mientras su mirada se pierde en un abismo de chavitos prietos y tabaco en cajas pequeñas. Prosigo mi camino.

De pronto, un mundo de posibilidades se engrandece en forma de torre, sólida, vivaracha, que llama la atención. Al mismo tiempo, un conglomerado de cuerpos carga, en sus espaldas, el peso del saber, o el del hastío. Tomo una derecha. Las manos del capitalismo me saludan mientras un olor a carne de caja me nubla el pensamiento. Cruzo una pequeña calle y llego al centro, que se duerme en fines de semana, pero que vive y resurge de lunes a viernes, como si el peso de su historia fuera un museo con horas de servicio preestablecidas.

Me acaloran páginas escritas, me susurran al oído otro mundo posible. Parece que puedo morir al instante o, a lo mejor, pudiera invertir en mi siguiente pasaje literario, para que las ruinas se transformen, frente a mí, en majestuosos palacios franceses. Pero una jeringuilla y una bolsa de manteca, en vaivén de callejones, me atrapa la vista. Camino y no me detengo. Necesito detergente de fregar y blanqueador para mi ropa sudada. Tomo una izquierda y palpo la derrota con todos mis sentidos, desde mis ojos hasta mis manos. Un gran paseo me espera para conseguir, a precio de ganga, lo que necesito.

Luego, recuerdo que quiero una sopa de plátanos. “Todo está cerca… aprovecho allí”, planifico en voz baja y entro a un mar de mimes que se resisten al acondicionador de aire. “Cuatro, por favor”. Pago y corro suavemente a buscar el resto de lo que necesito. Una nube me amenaza y Juan, mi amigo que deambula, me tiende la mano y recurro a su llamado. Entro a la tienda esperada, busco lo que necesito, pongo el dinero en señal de desespero y alerta, salgo nuevamente. Bajo en caravana de desdichas, en juegos musicales que repiten en mi cabeza el punteo de un mambo y el montuno lleno de melao.

Llego a mi casa. Un portón, otro portón, dos y tres candados. Seguridad de carcelario. Pongo los víveres sobre la mesa de cristal. Abro la nevera, saco una fría que me calma las angustias. Con ella en la mano, salgo hasta mi balcón y me recibe un grafiti en el edificio contiguo. Sonrío complacido, pues, entre ruinas o despilfarros, hay una esperanza que me susurra el oído, como un pana que me habla pero que no entiendo al instante, como una carta en otro idioma que traduzco entre redes pero que no se entiende completamente, como un legado que no se puede explicar, sino, simplemente, vivirlo. Son 300 años, Río Piedras, de pensar que llegas al estuario que te libera, siempre pícara, siempre a la expectativa.


Por: Wilfredo J. Burgos Matos