Narnia

Lo vi cuando terminé de bailar con Ana, cibaeña pura. Leía algo sobre Harry Potter mientras se tomaba un café. Yo, sudado, le sonreí cuando interrumpió su lectura. Aparté la mirada. Luego, me invitó a sentarme junto a él, sin preguntas imprudentes. Estábamos en la Cafetería Don Ramón, que no propiciaba el baile, pero que nos arrebató el pensamiento lógico a mí y a mi amiga bailarina. Simplemente nos dejamos llevar, sin rumbo, en un vaivén de piernas sudorosas, con una sonrisa que me cargaba las tensiones del recién iniciado semestre. Félix solamente me invitaba, a su mesa, cargada de libros fantásticos, que yo no entendía, pero que me convocaban a disfrutarlos. Me senté.

Me sonrió. ¿Habrá algo más tierno que su sonrisa tímida? ¿Habrá espacio para mi semblante destruido ante su dulzura milagrosa? Le sonrío.

¿Quieres café? – Me dice sin saber que su voz me amilana hasta el flujo sanguíneo.

Con él padezco de presión baja, sin necesidad de parcha, porque es bálsamo de pasiones irreverentes, porque es delirio que se tiende bajo palmeras tropicales de la costa del norte, porque siento que sabe a caña de azúcar recién cortada y pasada por mieles del Olimpo. Le digo que no quiero, que hace poco tomé. Embuste. Es que quiero mirarlo y prefiero renunciar a movimientos corporales que me alejen de su apacible rostro.

Me sumerjo. No entiendo nada, pero su mundo me entiende a mí. He comenzado a volar, en caballos que se distancian de lógicas terrenales. Mi cuerpo se derrite ante molinos de viento que me acarician el cachete izquierdo. Mis manos se convierten en orquídeas de emociones que se entremezclan en el calor del trópico y ahí, solamente ahí, lo vi sentado junto a montañas de algodón de azúcar y girasoles hechos de sábanas de melaza color ámbar. Me extendió su mano como pétalo que, sonriente, tiende su vida en primavera de emociones. Le acaricio sus labios hechos de polvo cósmico y siento levitar sobre un valle de rosas rosadas que se avalancha sobre mi cuerpo poseído por el candor de la saliva bendita. De pronto, un sable me permite volar en dimensiones desconocidas. Un éxtasis de meteoritos me azota el cutis, mientras saboreo el zumo de la plenitud que brota de la tierra. Vibra un teléfono.

¿Aló? – Dice Félix a la vez que traga el último sorbo de café.

Yo, en inercia de locuras, aparto mi mirada. Prefiero no entender. Él cuelga su teléfono y, desinteresadamente, abre otro libro. Dice que su autor es Pablo De Santis. Sonríe nuevamente. Mientras tanto, espero a que su magia, sin control, me arranque nuevamente los pies de este mundo, para flotar, en sueños, hasta la blandura de su boca, hasta la bondad de su afición, pues he sido nube, tan sutil como el viento, tan ilusoria como su leve caricia quimérica, con una lectura simple, con una ojeada final de cosmos utópicos que se concretan en anhelos irreales.


Por: Wilfredo J. Burgos Matos