Tetillas

Recuerdo, como si fuera ahora, mi primer día del octavo grado. 4 pies, 8 pulgadas, 121 libras, camisa medium de niño, tetillas abultadas, gorditas, juguetonas, malditamente temblorosas. Llamaban la atención, invitaban a la risa, al odio, al puto bullying, pero ahí estaban, eran mías. Narro esto después de haber contado las 32 camisillas que, desde ese oscuro primer día del octavo grado, me han acompañado desde Mayagüez  hasta la República Dominicana, desde Nueva York hasta Río Piedras, desde mi inseguridad hasta sentarme hoy, por primera vez, y con una de ellas puesta, a escribir que me encabronan mis tetillas. Me rejode la existencia verlas burlonas entremezclándose en el juicio de los demás, como si los ojos ajenos se tragaran todo mi coraje para transformarlo en gusto y pena… como si no fuera suficiente ser maricón, para que vengan las tetillas a interponerse en mi sano juicio y querer arrancármelas de raíz de una buena vez. Vivo de inseguridad, me alimento de ella, crezco con ella y con ella observo desde este espacio cibernético, cómo se secan las camisillas en el tendedero, cómo me saludan victoriosas al ser mis mejores aliadas, cómo me recuerdan que siempre estarán presentes para taparme, aunque sea por unas horas, la altivez y la seguridad que masacran mis tetillas.


Por: Wilfredo J. Burgos Matos