Tarde en Río (Preámbulo a entrevista con Kristen Fink)

Me encuentro en el subsuelo de Río Piedras cuando miro la pantalla del celular que indica las 5:20 PM. “¡Mierda! Voy tarde”, susurro mientras corro por las escaleras eléctricas con la intención no retrasar ni un minuto más el encuentro pautado con Kristen Fink a las 5:15. No obstante, tengo que parar.

Nuestra Señora del Pilar
Nuestra Señora del Pilar

La luz me recibe cuando llego a la superficie. Noto que es una de esas tardes decoradas de nubes rojizas que arropan la Capilla de Nuestra Señora del Pilar con el propósito estético/histórico de echarle en cara al barrio (con su tono de diva) que: esta iglesia sobrevivió por tres siglos la ruina, pobreza, ciclones, por lo tanto ustedes también pueden. “Coño, estas otra vez aquí en la parada Río Piedras Pueblo y en la salida de La Plaza. Observando a la misma gente y a los mismos perros”, digo petrificada ante la imagen.

Minutos antes de llegar a la entrevista pautada me dedico a pensar en un sin número de temas, me desenfoco, recuerdo a mis profesores de periodismo mientras escribo en mi Diario: F-O-C-O. Sigo en mi viaje, abrazo el desenfoque a medias, saco mi libreta y anoto:

“Aquí en Río Piedras todo es interesante por eso la esperanza, la decepción, el brega-brega y la repetición forman parte esencial de su anatomía citadina. Muchas cosas cambian de la noche a la mañana, como por ejemplo: hoy un negocio de Yogurt abre sus puertas pero a los tres meses cierra (¿quién carajo comerá Yogurt en Río?). Pero también anoto que “este” barrio tiene sus “constantes” como cuando el reloj marca las 5:30 PM en un día de semana y ves en la cara de la gente que la guagua está retrasada. Para poder medir las sensibilidades de la Parada debo sacar a pasear el instrumento que defino a continuación:

De Babillometros/Paradas/Sensibilidades

Babillómetro:

Instrumento para medir sensibilidades, especialmente esas que se desarrollan cuando unx manda todo al carajo y hacemos lo que nos salga del forro por más jodido que sea medio y el fin. Todos (as) tenemos uno en nuestros ojos, saque usted el suyo y póngalo en práctica. Le aseguro que se divertirá mucho.

De Babillómetros, Paradas, y Sensibilidades

Mido con un Babillómetro cómo el calor agrava el cansancio y malestar de las dominicanas (mis compatriotas) que están locas por llegar a sus casas para atender a sus verdaderos hijos y viejos; identifico que los obreros ansían la hora de meterse bajo la ducha para sacarse lo antes posible el cemento y la pintura que los obliga minuto a minuto a rascarse la piel, y escucho/grabo como los empleados de las tiendas al detal del Paseo de Diego dicen estar hartos de trabajar por unos míseros 7.25 la hora cuando en Orlando les pagan 11.50 la hora. Al otro lado de la parada, y como si no fueran parte de ella, se siente el temor de los adolescentes que miran la hora, siete mil veces por segundo, en la pantalla del celular porque se quedaron janguiando en los Helados Georgetti (estos sí que no quiebran porque no tienen Yogurt) hasta más tarde de lo reglamentado y saben que cuando lleguen a la casa la pela va estar lista y la correa servida.

Mí Babillómetro también mide la soledad de los ancianos del pueblo que se sientan en un “spot” desgastado por sus nalgas a charlar con gente que profesionalmente les “pichea”. Hablan de cualquier cosa, de cómo su mujer le fue infiel con el vecino cuando estaba en la Guerra de Corea, de qué instrumento y medicamento utilizó en su primer intento de suicidio (a veces la tragedia tiene en si misma su pizca de humor) y cómo desde el `93 los antidepresivos le han salvado la vida. Por último, cuando mi mirada llega al suelo, me encuentro con el Imperio de Los Perros. Les veo dormir el hambre a los pies de un buen samaritano que le pasa la mano por la cabeza y quién sabe si después se apiada de Compañía (ese es el nombre que le he dado) y le compra una “bolsa” de salchichas en Manny`s Café.

Así son los perros de La Plaza, pero también nosotros quienes repetidas veces caminamos solos por las calles del barrio en busca de quien nos pase la mano y nos saque a comer un hamburger y nos dé un besito al final de la noche. Lo único que nos distingue de ellos, es que muchos de nosotros tenemos un techo (y alquilado muchas veces), y ellos tienen el Tren Urbano, con aire y comida incluida.

Noche/ Noche/ Noche/

La historia cambia cuando cae la noche y sin querer queriendo una queda incluida en peculiares historias como la de un jueves a eso de las 11:00 PM cuando me dirigía con mi mejor amiga de la Avenida Universidad hacia la barra El Boricua. En nuestro trayecto por la calle Gándara, y en medio de una conversación súper “random” sobre filmes “extranjeros”, se nos postró en frente un joven al estilo Papo Impala, que por obra y gracia de la necesidad y la cura, tenía en sus manos una tenaza y un blower de pelo en sus respectivas cajas todavía: “Ma` te lo dejo en U$ 15.00 porque ` tan nuevecitas”. Y sí, en RP el robo, el crimen y la pobreza también son parte de su anatomía, autonomía y espíritu santísimo. Por eso a veces (los que vivimos allí) debemos existir dentro de su narrativa como el personaje de una novela realista rusa y ver el día a día como una aventura, pero también como quien no quiere la cosa (en el picheo para no ahogarte) para que en momentos como el de Papo Impala del Asfalto puedas contestar con ensayado acento de la “calle”: “acho pai tenemos pa` las medallitas na más”.

Hay que aprenderse el mantra: esto es lo que hay y con esto hay bregar. Repítelo una vez en el desayuno, dos veces en el almuerzo, y tres veces en la cena porque en la noche nadie sabe qué puede pasar.

Desisto de las notas porque son las 5:30. Giro a la izquierda, diviso a lejos a Kristen quien parece estar tarde para su práctica del Roller Derby. Voy a encontrarme con ella para entender cómo la gente persiste y persiste en crear buenos proyectos en y para Rio Piedras. Club 77 y Mondo Bizarro son mis próximas paradas.

Le digo adiós a Nuestra Señora del Pilar, le tomo otra foto, y la miro ya repetida en el monitor de mi cámara. Y es verdad: si ella pudo nosotros también podemos…


Por: Camila Frías Estrada