Igual

Me maravilló encontrarlo sentado junto a la vellonera. Nunca lo creí capaz de frecuentar los lugares que estaban diseñados para mí: cafres, sucios, con un olor que se bandeaba entre cerveza y residuos de comida en la basura. Esos eran mis espacios y él estaba ahí. Solo y borracho sin razón aparente.

Encendía un cigarrillo y sacaba veinticinco centavos de su pulcra cartera marrón, los depositaba y presionaba los botones con furia. Qué tu crees de tratar de volver a empezar nuevamente. Lloraba. Yo ordenaba lo de siempre. La misma fría, el mismo barrendero, la misma camisa del día anterior.

Mientras tanto, otros veinticinco centavos se juntaban en su mano derecha, los echaba y esperaba por el preciado momento en el que las notas le ultrajarían el corazón. Cómo te atreves a decir que aquí en mi corazón existe un nuevo amor. Si miras a mis ojos, en ellos tú verás amor por ti. Ordenó otra cerveza y, en su intento por no mirar más nada que su capital monetario, me divisó desde el otro lado de la barra. Ojo con ojo, dolor con dolor. Sacó un planchado dólar de cinco y esperó por el cambio mientras se daba el primer buche de lo que había ordenado. Se retira.

Regresó a su lugar y nuevamente me volteo para contemplarlo. Quería verlo. Sin pensarlo, él se había convertido en la pieza de entretenimiento de una tarde sanjuanera tropical llena de tedio y sonrisas obligadas. Lo desnudo con la mirada e imagino cómo el olor a cigarrillo se le ha impregnado en los poros, esos que baña con los jabones más caros de otra parte del mundo que jamás visitaré. Paseo por sus labios rosados llenos de amargura y tabaco, mientras imagino un lamento combinado con excitación demarcada por una entrepierna que palpita ante la perfección de tenerlo todo. Beso su cuello, suavemente, para que sienta el consuelo que por años le han negado. Le miró nuevamente a los ojos e intento resistirme al placer que me provoca su insuperable aspecto, pero no. No puedo detenerme. El momento es aquí. El momento es ahora. Sientes un miedo terrible, mas leí en tu cara, que lo más que teme tu vida vacía, es que diga un día que yo te olvidé. Lo consumo. Lo trago. Lo toco. Lo hago mío. Solamente mío y acabé.

Ordenó otra cerveza y contempló su curtida belleza. Su humectante hace el juego perfecto con el calor del trópico. Sin embargo, llora, y con mis ojos le palpo la soledad pegadita de sus manos. Dos cincuenta. Es hora de ordenar la última cerveza, la última copa, el último trago del adiós. Es hora de aceptar que al instante de verme debió sentarse conmigo, a mi lado, hombro con hombro, sudor con sudor, igual con igual.

También publicado en El Post Antillano.

Por: Wilfredo J. Burgos Matos