Bufé

Arroz. Carne. Hamburguesa. Soda. Televisión. La imagen morbosa de un asesinato familiar. La carne bañada en sangre y su protagonismo en la televisión todos los días se ha convertido en rutina. Las víctimas: un hombre, su esposa y una niña. Rubia. Angelical. Traviesa. Pura. Amada. Destrozada. Su cuerpo miniatura paralizado en el asiento trasero, con su boca abierta en un grito que nunca fue completado. Sus padres yacen en los asientos delanteros con los ojos cerrados mientras los camarógrafos los retratan. Un retrato cerca… mientras veo la televisión con la comida en mi mano. Evidencia de mis años gloriosos. Rubio. Delgado. Apuesto. Poderoso. Invencible. ¿Y ahora quién soy?

Helado. Caramelo. Chocolate. Almendras. Mis acompañantes; mis únicos amigos. En el abandono que causa el ojo juzgador. Me escondo en sábanas, frisas, oscuridad, lágrimas y rencor. Ya no acepto la vida que me ha tocado. Nadie me debe ver en este estado. Calvo. Gordo. Sudado. Grotesco. Marcado. Siempre viviendo en la sombra de alguien mejor que yo.

Pablo Enríquez. Rubio. Delgado. Apuesto. Poderoso. Invencible. Gemelo. Siempre fue el favorito de la familia, de los amigos, de la vida. El odio cada vez crecía, intenso al pasar las horas; cegaba mi pensamiento. Exitoso en relaciones, educación, vida social. Cuando éramos pequeños nos comenzamos a distanciar. Era natural la preferencia de estar con él. Busqué amigos y nunca los encontré, busque comida y me dio su placer. 100.200.300.400. Así crecí yo. 100.200.180.150. Así creció el. La ansiedad vaciaba mi estómago hasta que mi mente se perdía en lo irracional, la utopía, lo incierto. Veía riquezas, veía dinero, veía una esposa, veía un hijo, veía un hermano que lo despojaba todo de mí. Luego me dormía, me perdía en la fantasía de los sueños y despertaba en la oscuridad de la realidad con el ruido de la televisión.

Pasta. Sopas. Mariscos. Grasa. Derrama. Boca. Pecho. Oídos. Ojos. Televisión. Los reporteros están gritando. Es una maravilla lo que veo. El hombre muerto se está levantando. Abre sus ojos y respira el aire fresco de las segundas oportunidades. Es como una película. Palomas de maíz. Mantequilla. Camina lentamente. Los micrófonos caen al piso con la misma intensidad de los gritos de aquellos que son testigos de este maravilloso evento. Yo quedo perplejo, tartamudo, sorprendido, sudado, herido. Una cámara frente al revivido. El hombre trata de hablar. Soda. Soda. Más soda. Palomas de Maíz. Nachos. Queso. Más soda. Mueve sus piernas lentamente mirando a la pantalla de televisión. Las luces se apagan, muertas en el misterio del negro. Todas menos la del televisor. Alumbra mi rostro, se intensifica, me irrita, me ciega. Lo veo, al revivido, caminando hacia mí. En su mirada, llamas de odio, calor infernal. Sus brazos se mueven lentos, robóticos, extendidos. Cierra sus manos y extiende su dedo índice. Camina hacia mí gritando, gruñendo, llorando, despreciando. Me quiero levantar del sofá; no puedo. Estoy inmóvil. ¡Maldito miedo! Siempre he sido juzgado, pero no de esta manera. Soda. Chocolate. Costilla. Empanadilla. Helado. Estoy frio. Quiero escapar. No lo quiero ver. Él lo sabe y me juzga desde el televisor. Su dedo se hace más grande; el que usaron desde pequeño, el que usan ahora. Me está matando, se está vengando. ¡Ayuda! ¡Auxilio! ¡No me puedo mover! ¡El hombre rubio se está vengando! ¡Perdóname! ¡Perdóname! Arroz. Habichuela. Pescado. Salsa. Sal. Sal. ¡Sal! ¡Sal de mi casa! ¡Déjame en paz! Sale del televisor. Se acerca con sus ojos rojos, irritados por el odio, irritados por el coraje. Toma toda mi comida y la pone en mi boca. Hamburguesas. Jamón. Queso. Arroz. Grasa. Grasa. Soda. Más grasa. Mucha grasa. No puedo abrir mi boca. No puedo respirar. No cabe más comida en mi cuerpo. Él lo sabe, me quiere atragantar. Me grita. Me odia. Mis ojos se comienzan a cerrar en altas dosis de insalubridad. Azúcar. Presión. Colesterol. Ahogo. Mi corazón palpita en dolor. Cierro los ojos. Me pierdo. Negro. Negro. Luz. Abro los ojos con la luz del sol. Escucho el timbre en la puerta pero estoy en el piso, rodeado de comida. Al no responder abren la puerta. Es mi hermano, su esposa, y mi sobrina. Me vienen a visitar. Me quiero morir.

Este cuento fue el ganador del Certamen Literario del Recinto Universitario de Mayagüez 2013. 


8811_10152922508555171_102393967_nTomás Mercado Rivera (Maricao, 1989) Apasionado del cine y las letras, este joven es egresado del Departamento de Estudios Hispánicos del Recinto Universitario de Mayagüez, donde también trabajó con la Oficina de Prensa. Desde pequeño, recibió la influencia de su padre, quien era un reconocido poeta maricaeño, Tomás Mercado Estremera, y, desde entonces, no dejó de escribir. En materia del séptimo arte, Mercado Rivera es producto del Certificado en Cine del RUM, en donde escribió y filmó cuatro cortometrajes, y el Taller de Fotoperiodismo, Inc. Además, fue presentador de la cápsula informativa PRENSA RUM TV, que sale al aire en canales locales del área oeste y ha sido laureado en el Certamen Literario del Colegio de Mayagüez. Actualmente, cursa su Maestría en Artes en Estudios Hispánicos en el Recinto de Río Piedras de la Universidad de Puerto Rico.