¿Por qué tanto engaño?

Un día, mientras esperaba sentada en El Boricua a que llegaran unas amistades para jugar billar, observé detenidamente el público a mi alrededor. Noté, con una morbosa curiosidad, al profesor que miraba cautelosamente a sus alrededores, entre risas, a su compañera fémina. Notaba, a la misma vez, personas conocidas que he visto a menudo con sus parejas, en esta ocasión acompañadas, en acurruco, con índole de traición. Al parecer, en Puerto Rico, de día se labora, de tarde se disfruta con amigos, y, de noche se regocijan los cachos de lujuria. Me inclino a indagar sobre qué vínculo existirá entre estos actos y nuestra identidad.

Al ser un país cuya única identidad ha sido la colonización, hemos creado a la fuerza unas ataduras culturales a nuestras raíces afrocaribeñas e indígenas, mezcladas con unos marcadores significantes de los países que nos han colonizados. Estos se pueden ver a través de nuestra jerga y nombramientos que le brindamos a símbolos de nuestro patrimonio cultural; los árboles que nos rodean aún mantienen sus nombres indígenas, en nuestro vocabulario rendimos anglicismos como algo normativo y en nuestras artes nuestros cuerpos se marcan con las curvas de nuestros antecedentes genéticos. Queremos pensar que somos parte de nuestros hermanos latinoamericanos, mientras adaptamos nuestra sociedad a una que emula, en su mayoría a nuestros colonizadores estadounidenses. Al no haber encontrado nuestra soberanía, nuestras condiciones sociales se encuentran en un estado de confusión, los cuales se manifiestan de distintas formas. Una de estas es nuestra afinidad a los tabúes sexuales.

El trato que los hombres le dan a las mujeres y personas de género no binarios en Puerto Rico se caracteriza por uno dominante e injusto, sin embargo, lo hemos normalizado a tal punto que cualquier señalamiento del mismo es respondido con repudio y, en muchos casos, violencia. En la calle, una persona de un género alternativo al hombre binario se ve, en muchas ocasiones, acosados por su condición, pero no hay muchos esfuerzos en nuestra sociedad para intentar contrarrestar los mismos. A su vez, el consentimiento y la educación sobre la salud sexual no son prioridades en nuestra cultura, a pesar de que gran parte de nuestro país vive en distintos niveles de pobreza y con poco acceso a necesidades básicas para la sobrevivencia. Estas personas de color, de géneros alternativos y las personas con escasez de recursos son vistos como criaturas no dignas de respetar y, en fin, como menos humanos en el diario vivir. Pero nuestra normalización de la violencia alcanza un límite más temeroso que un acoso ocasional, se ve en nuestra reacción inactiva –rutinaria- al escuchar una sirena o un disparo de un arma blanca a la no-tan-distancia. Se siente a diario en las amenazas a la vida de una mujer, puesta en forma de chiste como un reflejo de lo que nuestra sociedad piensa de ella. Se distingue y, consecuentemente, ignora en la violencia que rodea a personas con géneros “alternativos” en todo momento, incluso hasta en su propia subcultura, por personas con los mismos marcadores de identidad de género. Se concretiza en las canciones de nuestro género de música más popular, el reguetón. Este ritmo es prueba de nuestra represión sexual, es un género caracterizado por la degradación de la mujer. A su vez, promueve a nivel sistemático, como algo venerado y digno de respeto, el haber cometido actos de agresión. Dentro del mismo, una jerga se traslada a su público y adjunto sus frases de marcadores sociales tales como “puta”, “cabrona”, “perra”, “putipuerca”, entre otros, los cuales son casi exclusivamente la única manera en donde se describe a las mujeres, sin excepción de vínculo romántico que involucre a la misma. Un señalamiento que se debe hacer en este discurso es que mientras las mujeres (sin mencionar las personas de géneros no binarios) se describen con connotación agresiva, los hombres en estas canciones se describen como unos “cangris” por haber demostrado una superioridad al ejercer una violencia física y de control sobre su “perra”, aunque claramente ambos hayan participado en la misma actividad sexual o romántica. En el día a día, estas actitudes de libertad sexual selectiva (solo disponible para hombres heteronormativos) se aceptan y excusan de su contraparte con argumentos tan sólidos como “esos son cosas de hombres”, “qué cafre suenas, no es de dama hablar así” y acusaciones vulgares con el propósito de oprimirnos y limitarnos de asumir un lugar de equidad y liberación en nuestra sociedad.

Es tal vez por esto que es tan común que en la cultura puertorriqueña se vean los ‘cachos’ o como decimos aquí, “las pegás de cuernos” como rebelión ante toda esa represión sistémica. Y en fin, al descubrirse un nuevo caso, la culpa nuevamente se le atribuye a la mujer involucrada, no importa el conocimiento o consentimiento que haya tenido la misma de la relación principal. Mientras tanto, en vivos momentos de esta represión, seguirán las parejas robándose besos en minutos prestados y deslizándose por las sombras de lo prohibido intentando buscar una distracción de desafío ante su crisis de identidad y la violencia que nos envuelve en el manto de lo cotidiano.


 

PaulaCovas_ColaboradoraPaula Covas-Lugo es una activista nacida y criada en Río Piedras. Estudió Estudios de Género y Estudios Indígenas en una universidad localizada en un bosque, en donde aprendió a su vez sobre inclusión social, los árboles altos y cómo hacer mofongo en una taza de café con una cuchara. Al momento, encabeza varias campañas en Puerto Rico, que intentan crear conciencia a su audencia sobre diversos problemas sociales y qué medidas podemos tomar para arreglarlos. Piensa que es díficil escribir sobre uno mismo. Le gustan los gatos, las nutrias y los chistes sumamente inocentes.