La muerte que da inicio al mambo

Rómulo no respeta los funerales. Considera ese tipo de rituales como poco beneficiosos para el bolsillo. “Nadie hace negocio’ en un maldito funeral”, piensa. El exceso siempre ha sido su norte. El hambre su eterno colega. Sin pensarlo, sumerge la mano en el plato hondo de cristal para tomar un puñado de maníes tostados. La mujer desnuda plasmada sobre su guante de cuero artificial llama la atención de los invitados al sepelio.

“¿Esos son pezones de diamantes?”, pregunta un niño de la comunidad. La madre lo obliga a mirar hacia el Cristo que cuelga en el otro extremo del salón con tal de que olvide la desdichada imagen.

La viuda del fallecido observa a Rómulo con dificultad debido a su avanzada ceguera. Se pregunta en voz alta si él es Ricardito. “Porque tú sabes como a él le gusta el maní”, le comenta a Gertrudis.

“No, ese es un hombre raro que parece como dominicano”, le dice la comadre a Doña Lucía. A ella le ataca nuevamente la decepción. Otra vez Ricardo desaparece sin dejar noticia alguna de su destino. El crack lo ha convertido en un mago.

“Acuérdate de estar pendiente a que no me rompan la vajilla porque esa la traje de la Alemania Socialista en el 73”, le susurra a Gertrudis mientras se sacude la nariz.

En vez de velar la vajilla, la comadre se dedica por varios minutos a mirar detalladamente las nalgas y las manos de Rómulo. Ahora desea descubrir quién es ese moreno, tuerto, y aprovechado que se ha infiltrado en el funeral de una de las familias más prestigiosas y quebradas de Río Piedras.

Pensaba Gertrudis que los Espejo no se merecían que a la despedida del patriarca entrara un extraño a aprovecharse del maní y el café gratis. Dicha familia fue importantísima para la vida de la calle Arzuaga al ser los propietarios de tres edificios que rentaron por más de cuarenta años a estudiantes, profesores e inmigrantes residentes en la ciudad universitaria.

Sin embargo, en la pasada década los Espejo ganaron la fama de permitir retrasos en los pagos y hasta de perdonar extravagantes deudas. La caída en la escalera social era cuestión de tiempo. Por eso solo los que habían sufrido con los viejos podían aprovecharse de su infértil bondad. Los extraños, nunca.

Por tal razón a Gertrudis le hierve la sangre cada vez que piensa en los días en que Don Jacinto regalaba dinero a los chinos que llegaban a la zona en busca de trabajo. “Es para, para la comprita de los víveres comadre”, le decía el decrépito y ahora fallecido veterano.

“Y a mi nunca me subió el mísero salario que he ganado con ellos desde Sánchez Vilella”, objetó frente a la mesa de la picadera.

Doña Gertrudis, a quien la familia conocía como la Comadre, había sido el ama de llaves de los Espejo por 30 años. Muchos en el barrio la llamaban Cara de Piña porque era quien salía a cobrar el dinero que le adeudaban a Doña Lucía cuando las cuentas ese atrasaban. Y las deudas nunca se cobran con una sonrisa. Mucho menos en Río Piedras.

Era también Gertrudis quien corría todas las tardes a la Farmacia Modelo a buscar las recetas para la presión del patriarca y la que realizaba la compra en el Mercado a las 9:00 de la mañana para escoger el corte de carne más fresco en la Carnicería de Don Alfonso cuando le cocinaba churrasco a los jefes.

¿Cómo podrían vivir sin ella?

Sus cincuenta años de servicio le dieron el titulo de segunda dueña de la casa y el supuesto derecho a heredar la olvidada propiedad de 3 pisos en la calle Manila. El plan de Gertrudis era esperar la muerte de la anciana para entonces redactar un testamento en el que imitaría perfectamente la letra de su jefa. Ha practicado por años la complicada letra Palmer de la anciana pero al final ha salido victoriosa.

Sobre el papel Doña Lucía describiría con humildad y dulzura los sacrificios de la comadre durante todos estos años:

“Por ser tan fiel a nosotros le dejo Villa Carmina, la casa de sus sueños”, repite Gertrudis frente a la taza de café que ahora endulza con una pasión que solo nace cuando se piensa en el futuro. Aunque ese futuro este abandonado, apestoso y habitado por gatos sarnosos y deambulantes.

Hace ya muchos años que Villa Carmina se había transformado en lo que se conoce popularmente como un “hospitalillo” pero para Gertrudis esta era todavía la casa soñada que arreglaría con sus ahorros y en la que viviría sus últimos días.

Los invitados del funeral la ven hablar sola. Se ríen mientras confirman la maldad y locura de esta detestable vieja jamona que cuida viejos.

“Loca y salada, imagínate qué combo”, comentan.

Los residentes de la Arzuaga tienen poco conocimiento sobre la vida íntima de Gertrudis. De lo que sí se hablaba en la plaza era de su casamiento con un dominicano en el 70 y cómo este le había dejado por una asiática que vivía en la Esteban González.

Lin le dió ocho hijos a Don Mariano Familia. Mientras que Gertrudis no procreó descendiente alguno, pero sí le regaló a la exótica esposa el infinito titulo de “china rastrera”. Hace tres meses que el cuerpo sin vida de Mariano fue encontrado sin zapatos en las escaleras de los Helados Georgetti. Tenía una línea gris marcada en el cuello.

Muchos dicen que Gertrudis finalmente logró envenenarlo con un helado de tamarindo. Otros cuentan que era un diabético indisciplinado que merecía morir por ser un cabeza dura. Lo que sí aseguran es que ese viejito”no se metía con nadie” y que murió “de causas naturales”.

Familia, como le conocían sus vecinos,  solo invertía el escaso dinero de su pensión en las putas del bar Rosalía y en su perro Capitán. Algunas de sus amigas en nómina indican que el único defecto que tenía era deberle un pulmón y un riñón a las agencias hípicas del barrio. Pero como sea nadie sabe cómo murió este dulce anciano.

“Canto e’ cabrón. Morirse sin zapatos, qué vergüenza”, piensa Gertrudis al fumarse un cigarrillo en las escaleras de la funeraria Escardille.

Rómulo vuelve a meterse en la boca 40 maníes de golpe. Los mastica sin vergüenza. Sí, con la boca abierta y el ojo derecho cerrado de placer. Al salir del éxtasis reconoce que es una falta de respeto tener hambre en un funeral ajeno. Pero es que una sola bolsa de maní lo remonta a ese Conde Peatonal en Santo Domingo donde los carajitos de seis años, pobres y sucios, le vendían con astucia maní quemado y palito de coco elatigoso por solo 5 pesos.

Recordar siempre tiene raíz en una futura amenaza al bien extraño y ajeno. Así que con sigilo se retira de la esquina caliente. Al momento intenta esquivar las miradas que cuestionan la función de su presencia en aquel salón con olor a polvo Maja y Cool Water for Men – muy de moda en la comunidad de la tercera edad-. Con miedo a que le descubran, decide acercarse al ataúd donde se encuentra Don Jacinto.

Rómulo se inclina dramáticamente para susurrarle unas frívolas y ensayadas condolencias al veterano de Corea que nunca conoció, pero al ver la cara del muerto queda en shock. “Diablo coño, ni Vikiana y la Pinky juntas hacen un payaso como ete”, se dice al reconocer que Jacinto también era tuerto.

don muerto
Ilustración por, Noelia Dixon

Pensar en la pérdida del ojo le recordó esa trágica noche en la que su gallo El Balaguerista perdió contra El Negro Tyson. Una muerte que obligó a los santeros de su batey a amarrarle en la piedra de Enriquillo con el fin de sacarle el ojo izquierdo con una cuchara caliente.

Rómulo vuelve a sentir el diablo entrar en su cuerpo, vuelve a escuchar las voces que se burlaban de la tronchada belleza que tenía a los 15 años. El ojo como ofrenda le introdujo en el mundo de los pecados. “Lo’ podere’ de Ancien” no lo tratarían como un niño si sabía cómo apostar y perder al mismo tiempo.

“Lo importante, matatán, e’ que pagáte la deuda”, se dice al observar los oxidados botones en el uniforme del anciano.

Rómulo había olvidado el motivo por el cual se encontraba en el funeral. No fue solo el maní lo que le trajo a esta tétrica sala habitada de señoras chismosas y madres solteras. Recordó que buscaba a alguien y que tenía una acompañante realizando la tarea de investigar quién era el ladrón de las joyas de los Espejo.

La mano de una mujer le toca la espalda. El tono rudo y la voz ronca con olor a cigarrillo le susurra: Ya yo sé quién e’ la ladronaza.

Barajita tiene la información por la cual le habían pagado 3,000 dólares hace dos semanas.

Rómulo mira el Cristo en la pared, se persigna y dice: “Alábalo que vive”.


Por: Camila Frías Estrada

Nota de la escritora:

Este cuento abre la serie de crónicas detectivescas “Mambo y Río” que consta de las historias de Barajita y Rómulo, dos dominicanos unidos por el ritmo de un mambo asesino, el mar y los eventos de una ciudad a merced de la bondad de los crueles.

Rómulo, policía en su querido Santo Domingo, emigró a la isla de Puerto Rico a los 25 años. No le gusta el ron sino la cerveza y le encanta ver videos de pornografía “suave” a las dos la tarde. Usualmente utiliza el celular para ver estas eróticas y fingidas imágenes en movimiento. Es un hombre violento y tuerto que disfruta tomar café a las 6:00 AM mientras escucha El Gobierno de la Mañana desde su computadora.

No tiene hijos pero tiene un padre Missing In Action. Dicen las malas y buenas lenguas que llegó a San Juan con el propósito de buscarlo pero todavía no da pie con bola con el destino de Salvador Isidoro Vásquez.

Le gusta darse el guille de que no vino en YOLA sino en Air Santo Domingo,” cuando todavía existía un línea aérea que realmente le pertenecía a la República Dominicana”. Nunca encontró a una mujer con la cual compartir sus penas hasta que por casualidad dio con Barajita, quien realmente se llama Petronila Margarita Sosa; los dos se vieron cara a cara en el 2005 cuando esta pedía una Presidente fiada en el Bar llamado los Hidalgos en Río Piedras. Rómulo le dio cinco dólares con el propósito de hablar con la jabá más inteligente de la calle Manila.

“No fue amor a primera vista. No te equivoques”, dice  cuando necesita referirse a su mejor amigo. Rómulo y ella nunca se han dado un beso sino que inteligentemente Barajita lo persuadió con la idea de montar una empresa de detectives privados. Ella es la cabeza de la operación y quien diseñó un plan de negocio al terminar dos años de constante trabajo etnográfico en la Plaza de Río Piedras. Su conclusión fue que en el barrio se necesitaban resolver los peculiares problemas que afectaban a la comunidad de la tercera edad tales como: robos, asaltos, pobreza, soledad, dificultades con la compra de medicamentos, futuras herencias, etc.

No obstante, Rómulo, su compañero de batalla, se especializa en casos culturalmente  más delicados como la compra de drogas exóticas, los cuernos, la violencia doméstica y los miedos culturales. La promesa desde el inicio fue: hacer todo en equipo. Ese es el lema de la empresa La Verdad es Subjetiva.

La mujer de 35 años, oriunda de Yamasá, es una experta en historia, geografía, y tecnologías de la comunicación. Estudió su bachillerato en Ciencias Sociales en la Universidad Autónoma de Santo Domingo y cuando se graduó escribió un poemario que tituló: De amores, calores y otras pesadeces caribeñas. Siempre fue una estudiante de “A” educada pobre, y trabajadora. Le molesta que Rómulo le tire piropos a las estudiantes de la UPR y que tenga una adicción a la pornografía; su catolicismo y feminismo le impide aceptar este tipo de comportamiento. Como sea lo acepta por ser su compatriota y por comprarle aquella JUMBO que tanto necesitaba cuando le dijeron que su abuela Carmela había muerto en la parada de guaguas del hermoso pueblo que la vio nacer.