No me interrumpas… ¡estoy salseando!

Échale semilla a la maraca pa’ que suene…

Cheo

Que se salgan de la vía que ahora vienes tú, pero es que ahí to’ el mundo está como Perico y haciendo lo suyo. Suena la vellonera, que pa’ ti es una de las siete maravillas del mundo mundial. Tu vieja bailaba con sus panas en cuanta fiesta de pueblo había y cuando eras pequeña eso no te gustaba; quizás te daba vergüenza. Ahora tú lo haces en la plaza de tu pueblo, a donde ibas a comerte un helado cuando salías de la escuela, con los que son y no son tus panas. Y bailas ahí, en la fiesta patronal; te acorralan la alcaldía, la iglesia, el teatro y pal de tiendas; de las pocas que quedan. Eres una machina más.

Ahí se entendían tus viejos; precisamente ahí. Desde que tienes memoria recuerdas que ahí les brillaban los ojos. Sabes que mientras crecías, escuchabas también a Maelo mientras tu viejo lavaba el carro algún día del fin de semana. Pero es que tu viejo es cocolo arrastra’o; hasta la muerte, él mismo lo dice. Tiene maracas en el carro, tú sabes, por aquello del tapón, y las toca a lo Rubén, a lo Ismael Miranda; se cree niño bonito. Saca las congas o los bongós en cada pari de marquesina; no se puede resistir. Tú te ríes y escuchas; ah, pero sus favoritos son Frankie y Héctor; ahí no hay break.

Aquí te gusta el tumulto, el calor. Le hablas con tu cuerpo; las palabras no hacen falta, sobran. El pompeo depende de la intensidad, swin, sabor o remeneo que le metas a la canción pero es que la vibra aquí es diferente; es otra cosa, es la que es. Identificas el cencerro porque te gusta el sonido y entre canciones, cuando le preguntas a alguien si sabe bailar, to’ el mundo te dice que mientras más metío en palos, más baila.

Te tiras unos pasos improvisaos a ver si te salen. Tienes el pelo suelto; te gusta que se te meta en la cara mientras haces lo tuyo; te sientes poderosa, te da estilo, flow, guille, un piquetito. Lo más importante es la noción del conjunto, la combi completa; armonía, sincronía entre hombros, cadera, manos, pelo y pies.

Te lo gozas; to el día te quejas de los 100 grados mientras caminas por la Iupi pero ahí no. El cuerpo se calienta, te pisan.

Entre bailaítas te vuelves a enterar de lo que le pasó al pobre Juan Pachanga, que no puede olvidar; escuchas de nuevo los lamentos de Concepción y el pecho se te infla porque Tite es un mostro, es el duro, el caballo. Te alegras de la felicidá de Ligia Elena y del trompetista; se jodió doña Gertrudis, no hay nietos rubios pa’ ella. Te duele Camilo Manrique por la tunda, por la cruz de palo y por más na; acho, también Adan García por su pelambrera y tan triste final, pistolita de agua incluída; y Luisito el trompetista mano, que en paz descanse. Que si la negra se desespera porque el negro no llega, pero sabes que él no se quiere ir ni tú tampoco. Sientes que bailas igual de bueno que Castellano y que tienes el tumba’o de Pedro Navaja y fíjate, te das cuenta de que estás en la esquina. Que si el amor, que si el control, que la familia es la familia. Te acuerdas de la cara linda de tu abuela pero también de la soledá de Ramiro y de sus viejos: el don juan del barrio, Carmelo, y la jevota de Manuela. Que si hay alguien badtripiau porque se fue Paula C, que si todavía estamos en las de buscar a América.

De momento como que te viene a la mente que tu pai te contó que Richie Ray se llama así por su hermano, que Hommy era ciego-sordo y tenía un talento descomunal pa’ tocar la percusión; lo gracioso es que recuerdas la carátula de ese disco, la carita del nene y el chorro ‘e chinas. Discutías con él sobre quién le ha metío más, si Harlow, Palmieri, Papo Lucca, Raphy Leavitt o Richie; que si la Fania en África, que si Ali, que si Pacheco era el del talento y Masucci el de la torta, que si a Tula se le quemó el cuarto y que si hay fuego en el 23…

El sonido está bestial; te están velando, te crees que andas en el Palladium; Barreto en las congas y Bobby en el bajo; los imaginas con el pecho pelú, las camisas medio abiertas y con pantalones belboton. Te lo gozas, te liberas, lo adaptas a ti, marcas los límites anatómicos. Respondes a lo que el otro quiere que hagas; que si pa’ lante, que si pa’ tras, que si pa’ la izquierda, que si pa’ la derecha; vuelta por aquí, vuelta por allá. Te sueltas, uno que otro paso libre, si no sabes lo que va; lo que él quiere, te lo inventas, lo modificas o dices que no porque esa es también tu bailá. No te importa quedar bien porque nadie te quita lo baila’o y porque estás en tu pick.

Una vez la oyes y la sientes en la venas, no hay marcha atrás; esa es tu cosa.


 

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Mildred Candelario-Rodríguez es de Guayama, bruja en tiempo de salsa y amante de las frituras extremadamente grasosas. Cada vez que dice “la vida es una cosa fenomenal”, una sonrisa en medio de un tapón la obliga a poner La Z y, con Ray Barreto o Adalberto Santiago, se tira de pecho en la melaza. Mientras más viaja el mundo, más boricua es.