Entre abuela y sus zapatos

En muchos casos, mirar desde una distancia resulta, además de necesario, una ventaja, puesto que brinda otro foco, nuevas perspectivas o un cuadro más completo. A ella le encanta el color amarillo, sabe de remedios caseros pa’ to’ lo que uno tenga, reconoce un montón de plantas y tiene una habilidad increíble para recordar sus nombres. Cursó estudios hasta la escuela intermedia y canta canciones que nadie sabe de dónde las sacó; algunas las reconozco porque han aparecido mediante intertextos musicales en escritos que he leído. Además, recita poemas de memoria que le enseñaron en la escuela primaria y no sabe que son de Bécquer, Machado o Palés; devota de Santa Teresa y de su: “Nada te turbe, nada te espante…”, frase que nos repite constantemente.

Es una de las personas más inteligentes y generosas que conozco, crió a sus hijos, a muchos sobrinos y a medio barrio; todos le tienen muchísimo cariño. Dice que lo poco que tiene es de todos, especialmente, de quien lo necesite; así que, a sus casi 90 años, ¿quién soy yo para refutar su devoción a esa figura (y a sus secuaces) que utilizaron como emblema la pava, el pan, la tierra y la libertad? Yo, que nunca me he acostado con hambre, que no sé lo que es mantener a seis muchachos, sudar de sol a sol ni caminar descalza. Guarda estampas de él, pero ¿quién es? ¿Cuál héroe? No lo reconozco, mucho menos igual que ella. No puedo. Me cuenta que antes, en su pueblo, los hombres importantes a quienes veía en la plaza y eran “alguien”, se vestían de blanco; eso marcaba la diferencia. Me habla de que en sus tiempos el bacalao era comida de pobre y que ahora es casi un lujo.

Juzgar y asumir posturas maniqueístas podría parecer o resultar fácil, así como mostrar evidencia científica o estadística de los remanentes de un sistema a través de la historiografía en lugar de tomar en cuenta las vivencias cotidianas, pequeñas; esas que marcan, destruyen, dejan huellas y cicatrices. “Me dio zapatos; a mí y a los míos. También, los medios para tener esta casa”, me dice. Mi mente divaga, se confunde, se contradice. Tengo tantas cosas que decir y tantas preguntas sin respuesta, mas me limito a mirar sus pies arrugados, viejos, llenos de venas, maltratados por el esfuerzo, el tiempo y la memoria… No digo nada y la abrazo. Nos seguimos tomando un café allá arribita, en un pueblo del sur, que es nuestro norte; nos mecemos en sillones, debajo del palo de mangó, mientras la brisa se pasea entre nosotras.


Por: Mildred Candelario-Rodríguez