Carta de un ciudadano decente

Río en verano
Río en verano

26 de septiembre de 2014

A quien pueda interesar (preferiblemente a la Honorable Alcaldesa de San Juan):

Mi nombre es Dionisio Cerra Martín. Soy mecánico de carros en un reconocido negocio de la ciudad de San Juan. Mi pasión por los autos comenzó cuando mi papá Eustaquio me enseñó a guiar. Recuerdo que había cumplido mis 13 años, todavía tengo la memoria fresca, porque ese verano la Taína sacó su primer calendario. Eso fue todo un espectáculo violento hasta papi llegó al taller con la cara partida porque se había ido a los puños con otro señor por la última copia que tenía una foto de la beldad sobre un Mercedes Benz. Pero, en fin, ese no es el punto de mi historia.

En San Juan es común que te enseñen a guiar en el parking del Hiram Bithorn porque casi un 90% del tiempo está vacío. A menos que estén de visita la Feria o el Circo de los Asiáticos. Y respecto a este tema me tengo que desahogar mi querida honorable.

Estos eventos suelen abrirles las puertas a compañías fantasmas que le cobran mandatoriamente el estacionamiento a humildes ciudadanos, como usted y como yo, a nosotros que “todavía” estamos al día con nuestros impuestos, aunque la tanda del show esté toda vendida.

Ya sabrá usted a dónde se van los cobradores cuando pides los chavos de vuelta; ni el chupacabras tiene tantos trucos para aparecer y desaparecer de momento. Como iba diciendo, y para volver al punto, aprendí a guiar porque papi me decía que esa era la forma en que yo me podía conseguir una novia.

El primer carro que tuve fue un Mitsubishi del 97 color rojo y fue en ese carro que monté a Yudelka. Sus papás eran comunistas boricuas y se habían conocido en la Unión Soviética en un intercambio estudiantil durante la década del setenta, y por eso el nombre. A Yuri, como le decíamos en la high, le gustaba todos los viernes ir al cine y después cenar en el Sizzler de Hato Rey. Evento que no pasó conmigo porque había gastado todo mi presupuesto.

Esa noche le compré una barra de chocolate Crunch, nachos con queso, un hot dog, y una Coca Cola agrandada, una que pensé que podríamos compartir, pero no, me quedé sediento. Yuri devoró todo lo que podía masticar y yo apenas pude chupar el último hielo, con sabor a Coca Cola acartonada, que quedaba en el fondo del vaso.

Al salir de ver Saving Private Ryan, en español, la esperé afuera del baño. Ella no estaba muy contenta con mi selección cinematográfica, y para variar, pensaba cabizbajo en cómo decirle que no tenía dinero para ir a Sizzler. Durante esos diez minutos sentí como la vida se me hacía agua y cómo me ahogaba en ella cuando escuchaba a los chamacos a mi alrededor hablar de cómo se hartarían en el bufé de cuánta alita de pollo a la BBQ hay, de cuánto bowl de sopa de cebolla se pudieran llenar como aperitivo, de cómo los peos le olerían al otro día a macaroni & cheese, y de cómo besarían a sus jevas cuando llegara el excesivo momento de compartir helado tras helado por ser este un free for all. Yo no quería escuchar porque casi lloraba de solo pensaba en cómo dar la trágica noticia: no hay chavos.

Yuri era una chamaca que disfrutaba janguiar por la ciudad, por eso el Sizzler de Plaza no era el de su preferencia. El que más le gustaba era el de la Milla de Oro porque se podía ver “la avenida Ponce de León desde la ventana…además ellos hacen el mejor T-Bone con papas asadas chico”.

Cuando comenzó a hablar de panecillos calientes y de cómo se derretía la mantequilla en sus adentros, sentí que el hambre y la desesperación se apoderaban de mí, por eso aproveché el momento para sacar la verdad a la luz, “no tengo chavos Yuri”, y ahí cambió todo.

Yuri era muy fina, imagínese, una chamaca a lo Shirley Manson, con el pelo negro y mechones amarillos, recuerdo que se ponía el eyeliner negro bien exagerado, uno que te llevababa a los momentos más oscuros de tu vida, a ese pedazo de carbón que usaban en tu casa para hacer el BBQ en semana santa, y con el que después tu papá te quemaba por haberte tomado el último six pack de Medallas que le quedaba en la neverita. En fin, ese no es el punto, así que continuaré con la historia de Yuri.

Ella no se atrevió a reprocharme aunque con la mirada dijera “espero que te clave Toño Bicicleta, cabrón”. Yo era un chamaco simple, con la cara llena de acné,   un papá mecánico que le gustaba la salsa gorda y una mamá fanática de Yolandita Monje y Miriam Cruz. Yo sabía quiénes eran esa gente de MTV por Yuri, porque ella era mi mejor amiga, pero esa noche yo comprobaría que sería lo contrario. Mi deseo era contarles, al otro día, a todos mis panas durante el recreo que Yuri se dejó besar de mí y que el momento fue igualito a cuando Catherine Zeta Jones y Antonio Banderas se grajearon en La Máscara del Zorro: dos minutos de pura pasión, heroísmo, y devoción. Pero no fue así por una simple razón: no estábamos en una película.

Todo el camino escuché una jodía canción de Juan Luís Guerra que solo decía “quiéreme como te quiero a ti negrito lindo, dame tu amor sin medida”, Yuri mientras tanto, miraba por el espejo retrovisor, ansiosa por llegar a su casa. En ese momento, estábamos navegando lentamente por la Avenida Domenech, cuando “ca-ta-plán”, casi frente a La Viña, el carro rebota como pelota de baloncesto.

Yo trato de seguir porque no quería esperar la luz roja, pero un sonido peculiar acompañaba los rebotes del carro. No me quedaba de otra más que detenerme. Cuando abro la puerta para bajarme observo como Yuri fija la mirada en su propio reflejo sobre el cristal de la ventana, la escucho murmurarse algo a sí misma, pero no entiendo sus palabras.

Como era de esperarse la esquina estaba oscurísima y eso la asustaba, por eso la noté sacar su celular Nokia con la intención de llamar a su papá. Pero yo, como machito de Río Piedras, impedí tal acto. Era mi oportunidad de ser el héroe de la noche aunque no tenía ni una goma de respuesta en el baúl. Simplemente le pedí que caminara conmigo hacia el hoyo causante de semejante desastre.

Las luces traseras del carro iluminaban el cráter que convenientemente hacia su hogar en la parte más oscura de la Avenida Domenech. Era tal su personalidad, conflictiva por naturaleza, que hasta salía vapor de su interior. Presentí que era una de las muchas puertas que tienen las carreteras de la ciudad hacia el infierno.

Así que cuando nos paramos a mirar detenidamente lo que se ocultaba en su profundidad nos dimos cuenta de que eran gaseosas escenas que representaban su historia. Una que se remontaba a la década del veinte, con hombres que intentaron taparle con mucho trabajo, sudor, y sol sobre sus pechos y frentes. Desde entonces, las imágenes mostraban, anacrónicamente, cómo el hoyo regresaba, año tras año, década tras década, con más impulso y deseos de venganza.

Taparlo era una violación moderna y una falta de respeto a ese sentido aventurero al cual todo automovilista debe acorgerse en la metrópolis. Luego, nos quedamos fríos cuando escuchamos una voz muy fina decir: nunca me taparás.

Yuri se aparta, camina hacia el carro y procede a realizar una llamada. En ese momento sentia como su libertad me molestaba porque no me quería dejar ser la estrella de la noche, y coño,  yo lo necesitaba. Estaba sin chavos, enamorado y con una goma explotada. ¿Cómo se atreve a hacerme esto en medio de la calle? ¿Dizque llamar al papá para que me dé un sermón y me pregunte por qué tengo un carro tan viejo y jodío? No, no, no, eso no iba a pasar.

“Mira canto e’ cabrona te dije que no llamarás a tu papá. Yo te voy a llevar a tu casa porque YO voy a resolver este problema”, le grité con una voz ahogada y transformada por el denso vapor que expedía el cráter. En ese momento, Yuri me miró, colgó la llamada y caminó hacia donde yo estaba. Su mueca en los labios y la forma de caminar dark pero sensual, me decían que era el momento que había esperado desde 4to grado. Ella me besaría, me dejaría tocarle y exprimirle un pezón, y hasta me regalaría su virginidad esa noche. Pero, por tercera vez esa noche, me di cuenta de que la cosa no iba por tal camino.

Yuri me dio una patada en las bolas, esa que me hizo caer en el cráter, luego me pisoteó la cara, me mandó al carajo mientras balbuceaba algo de que ella era una mujer libre, inteligente y cómo yo me atrevía a hablarle de esa manera. Con los ojos lacrimosos la vi caminar avenida abajo, yo desde el hoyo, le grité “no me dejes aquí solo, adentro de este hoyo, Yuri tengo miedo…”. Ella giró su cuerpo hacia mí y me sacó el dedo del medio, el dedo del corazón, el dedo malo, el dedo inolvidable. “Pendejo”, fue lo último que la escuché decir.

Desde entonces pretendí que este hoyo no existía, que este hoyo no me jodería la vida camino al trabajo, sin embargo, ha sido todo lo contrario, el cráter nunca se ha tapado y a causa de esto se me han explotado 15 gomas. Sí, las tengo contadas. Debido al suceso con Yuri, decidí entrar a la UPR y estudiar sicología, con el propósito de entender, y re-escribir terapéuticamente, los eventos de esa noche, pero cada vez que paso por esa avenida lo único que escucho es la voz de Yuri gritándome que soy un pendejo.

A veces escucho “cobarde”, otras veces “ignorante”, y los fines de semana una combinación de “queda’o” e “inmaduro”. Todo cambia según cómo me siento y eso me deprime.

Honorable, entienda, que yo traté de superarme, me puse a estudiar, pero me quité porque los carros y el taller son mi verdadera pasión, y aunque escriba bien, los salones no son, ni nunca, estarán hechos para mí.

Por tal razón, le pido, Honorable Alcaldesa, que me haga el favor de tapar el hoyo. Ya son 15 años de agonía, yo pago mis impuestos y esto no me lo merezco. Pero, en fin, creo que este no es su problema y creo, que tampoco, este sea el punto de mi historia. Quizás solamente quería desahogarme con usted.

Con cariño y aprecio,

D.