Villas y Castillos

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Foto por Johnari García.

 

El sábado 27 de septiembre de 2014, como a eso de las tres de la tarde, mi sobrina, a quien a partir de este momento llamaré “María”, caminaba de regreso a su casa luego de un largo día de window shopping en el casco urbano de Río Piedras. María estaba en busca de decoraciones de Mickey Mouse para celebrar el primer año de vida de su primer y único hijo. A pesar de que ya es miembro oficial del club de maternindad puertorriqueña, ella apenas acaba de cumplir sus 18 años de edad.

Convertirse en madre a tan temprana edad, sin una preparación académica o profesional completada, trae como consecuencia severas complicaciones económicas al igual que desesperación durante la exhaustiva búsqueda de empleo, donde no solo te exigen un nivel de educación completada, sino también varios años de experiencia laboral. Todo esto antes de ser siquiera considerado para un puesto en el cual cobrarás un sueldo mínimo, con el cual ya sabemos, es imposible críar en su totalidad a un niño. Es entonces cuando la dependencia económica de ayudas federales no solo es atractiva, sino necesaria.

Aunque María ya recibe ayudas económicas y alimentarias federales, aún espera una vivienda para ella y su bebé, así que por el momento vive en un constante estado de incertidumbre. Por otra parte, la joven de 18 años regresó a la escuela este semestre, con el objetivo de completar su cuarto año y espera algún día convertirse en enfermera. Ella le tiene ganas, pero aún así, es una niña criando a otro niño y está pasando trabajo.

A mis 18 años yo era prepa en la universidad. Estaba nerviosa, ansiosa y emocionada, me sentía grande e independiente, y creía que tenía todo un mundo por delante. Pero de eso ya hace mucho tiempo, quizás no tanto, pero para mí se siente así. A lo mejor, todos los que rondamos más cerca de los treinta que de los veinte, recordamos nuestros 18 años como un cortometraje o una colección de estampas, que se remontan a lo que alguna vez fuimos y es por esto que entendemos la ingeniudad que nos acompaña durante los más tempranos años de nuestras vidas.

Reafirmo que a mis 18 nunca pasé todo el trabajo que hoy pasa María. Sus desiciones fueron diferentes a las mías y las consecuencias de estas decisiones también fueron distintas. Esto no quiere decir que mis decisiones fueron mejores que las de María, solo que nos llevaron por caminos diferentes. Es por esto que desde mi perspectiva, entiendo que debe de ser sumamente difícil tener que oprimir el botón de skip a todas las experiencias de los early twenties e intentar adaptarse apresuradamente a la maternidad y la adultez. Especialmente cuando aún se mira al mundo con ojos de niño.

Los asuntos sociales, psicológicos y económicos que abarcan temáticas como las de niños criando niños, educación académica, tabúes sexuales desempleo y la dependencia económica a las ayudas federales, entre otras, solo nos sirven como un breve trasfondo a los acontecimientos ocurridos ese sábado frente a una de las entradas de la Universidad de Puerto Rico. Dicha entrada es la que sirve como acceso vehicular y peatonal hacia la universidad. Esta entrada mira hacia la avenida Ponce de León y sirve también como punto de acceso a la estación del Tren Urbano.

Caído del cielo

Como mencioné al inicio, Maria decidió caminar hasta su casa dicha tarde. Quizás por escaces económica o quizas por que quería disfrutar de un lindo día por la ciudad. Era sábado así que, según lo describe María, la calle estaba vacía. No había nadie o por lo menos no se dió cuenta de otras personas a su alrededor. Sin embargo, su caminata fue interrumpida por un hombre que sí la notó. Se acercó en una guagua color azul oscuro y se estacionó pegado a la acera, muy cerca de ella. El conductor, según lo describió María, era un hombre grueso con un color de piel amarilla pero quemada por el sol. Estimó su estatura como a unos 5 pies y 7 pulgadas de altura y de una edad aproximada entre 40 a 45 años. También recordó que vestía mahones y una camiseta blanca.

Este hombre, al cual llamaré el señor Anónimo a partir de este momento, la detuvo y le preguntó si andaba en busca de trabajo. María sorprendida y a la vez emocionada le contesto que sí. El señor Anónimo, entonces, procedió a explicarle sobre las funciones que requería este trabajo que le había caído del cielo a María. Le indicó que andaba en búsqueda de mujeres jovenes y bonitas como ella, para un trabajo de masajista. Que se ganaría 100 dólares al día y que tenía una chica en su grupo de masajistas, que le iba tan y tan bien, que se hacía 9,000 dólares al mes.

También le explicó que el trabajo se realizaría en hoteles del área del Condado e Isla Verde y que en días de semana se mantendrían trabajando en el área metropolitana. Sin embargo, le aclaró que los fines de semana el trabajo se movilizaba a hoteles localizados en diferentes puntos alrededor de la Isla, entre ellos Fajardo. María no conduce y no tiene carro, pero el señor Anónimo le afirmó que ella no tendría que preocuparse por nada de eso, porque él mismo se encargaría de llevarla y traerla a cualquiera de los hoteles.

La entusiasmó contándole que tenía reguetoneros famosos en su cartera de clientes, pero eso sí, ella debía firmar un contrato de confidencialidad en donde se compromete a nunca revelar la identidad de los mismos. De lo contrario, estas grandes celebridades demandarían tanto al señor Anónimo como a María por la cantidad de 50,000 dólares como compensación. El último detalle a revelar era que María tenía que estar dispuesta a tener relaciones sexuales con sus clientes.

Según me cuenta María, fue entonces que abrió los ojos como quenepas y le dijo que no estaba interesada. Mientras se alejaba de esta gran oferta de empleo, el señor Anónimo por fin se decidió a preguntar por la edad de la joven y luego le insistió por última vez diciendole; “Piénsalo bien, que es mucho dinero. Te matas trabajando por 100 pesos quincenales, cuando te los puedes ganar en un día”. Fue entonces cuando escribió su número de teléfono en una servilleta que dejó en sus manos.

Maria regreso a su casa sana y salva. Ese mismo día le contó la historia a mi madre (su abuela) y hoy me la contó a mí. Le pregunté muchos detalles sobre su conversación y sobre ese hombre anónimo, pero no pudo darme ningún detalle sobresaliente acerca de él o su vehículo. Además, ese hombre tan misterioso parece ser un profesional, ya que en ningun momento le dio su nombre y tampoco lo escribió en la servilleta que le entregó. Y María, en su ingenuidad y quizás también por temor, nunca le preguntó ni trató de fijarse en muchos detalles.

Mientras escuchaba con atención sobre la conversación que tuvo con el señor Anónimo, recordé aquel caso de hace apenas algunos años, donde capturaron a un explotador sexual infantil en el área de Condado. No sé si lo recuerdan, era aquel hombre que cuando los clientes llamaban debían especificar si preferian a sus prostitutas “con pelos o sin pelos”.

Quizás el acontecimiento de ayer no tenga nada que ver con ese caso en particular, pero no dejo de pensar que quizás, esta sea tan solo una de las tantas maneras en las que enrredan a niñas y a jóvenes en el mundo de la prostitución, ya que de la misma manera en que este hombre se acercó a María podría acercarse a cualquier niña o adolescente que ande caminando alrededor de la ciudad. Niñas y jóvenes que con la simple mencion de dinero y artistas, acuerdan vender sus cuerpos y a esclavizarse a sí mismas, sin comprender las ramificaciones y consecuencias de lo que están haciendo.

Aunque bajo la ley María ya sea considerada adulta, aún le queda mucho por aprender. Lamentablemente, esta no será la última vez que ella experimentará la sensación de inseguridad mientras camina por nuestra ciudad. Su ciudad. Hay muchos peligros en nuestro país que nos acechan como adultos y hacerse de la vista larga, y creer en el imaginario que estos mismos peligros acechan a nuestros niños, nos encarcela en un ciclo sin fin.

Ayer, María pudo haber elegido cualquier cosa. Tuvo varias opciones, pero en un instante decidió que no. No se prostituiría, a pesar de que sería más sencillo. Se alejó de las montañas de dinero y las grandezas que le llovieron un sábado a las tres de la tarde en plena avenida Ponce de León. Llegó a su casa con una servilleta llena de promesas adjuntas a un número de teléfono sin nombre.

Si hay alguien, que mientras lee este artículo recuerda haber interactuado con el señor Anónimo y recuerda sus distintivas facciones o si en algun momento han recibido algún pedazo de papel lleno de promesas sin nombre, por favor denúncielo a las autoridades. Hay niñas y adolescentes que todavía creen en príncipes azules, carruajes y finales felices, pero no de la misma manera que lo hace el señor Anónimo y su exclusiva clientela.

Hay quienes se montaron en el carruaje camuflado de guagua azul con la esperanza de conocer artistas y solo conocen habitaciones de hotel. Hay quienes llamaron al número anónimo con el deseo de algún día convertirse en la chica de los 9,000 pesos mensuales. Hay quienes dijeron que sí, creyendo en los finales de Disney y andan repartiendo Happy endings a personas que jamás las harán realmente felices.


Por: Johnari García