Barajita y los días nublados

Ilustración por Noelia Dixon

No quería levantarse. Tenía los párpados pegados por dos cataplasmas de lagañas causadas por llorar excesivamente. Su pelo enredado se transformó en un mojón inmenso y duro detrás de la nuca. Uno que ni el peine de Sergio Vargas podía destruir ya que la dejadez consolidada por la quiebra emocional ha hecho su hogar en él.

Nadie sabía qué le pasaba, nadie podía, porque nadie vivía con ella.

“Repetí la palabra ‘nadie’ tres veces, eres una estúpida. Acuérdate de lo que decía el profe, la repetición es falta de creatividad y esfuerzo”, se dijo a sí misma.

Los días nublados, Barajita suele llevar a cabo una extraña rutina. Se pone las chancletas decoradas con lentejuelas rosadas, baja a la panadería, compra 2 bollos de pan de agua, un litro de leche, dos donas azucaradas, y un paquete de cigarrillos.

Cuando vuelve a subir al apartamento, se pone a mirar las fotos de los familiares que tiene todavía en Yamasá. El álbum fue de las pocas cosas que trajo en la vieja maleta de cuero color verde que le dio su abuela al irse del país.

Las imágenes le obligan a pensar en Josefo, su hermano mayor y en Marisela, la hermana chiquita.

Ellos son los únicos que le quedan y, por tal razón, intenta mantenerlos vivos, con cuartos, calzoncillos, cuadernos, libros, panties, medicinas, productos de baño y lápices que envía mensualmente con una devoción ultracapitalista.

Barajita compra y manda para nunca olvidar que cuando se fue de la media isla lo hizo a sabiendas de que no volvería.

El pelo de Josefo en esa foto se ve negro, al estilo afro de los 70, sobre el torso lleva una chaqueta color crema, camisa rosada y un Jean campana color azul.

Está más descombinado que el pipo, pero así era la vaina cuando las tías mandaban de Nueva York la ropa.

Había que ponerse lo que estaba disponible.

En el fondo del adonis mulato se ve la casita hecha en bloques de cemento, acabada de empañar y sin pintar. La desnudez del hogar era la carta de presentación de su familia con la pobreza.

En una esquina, Barajita nota el carro cepillo color azul turquesa del tío Anselmo. Se toma un sorbo de leche, mientras recuerda cómo le daba bola del monte a la parada de guaguas y cómo, luego de esperar ahí una hora, en plena oscuridad de la madrugada, tenía que tomar la Banderita, para apearse en la Máximo Gómez y después tomar la Patana que la dejaba en la UASD.

“Vivir de guagua en guagua es el arte de vencer la muerte”, se dice con una risita pendeja.

Volver de la universidad era una travesía si tenía que coger clases por la noche.

Volver significaba bandeársela con los violadores, asaltantes y los malditos balagueristas que buscaban meter presa a cualquiera con tal de sacarle cuarto a cuanta alma de Dios habitaba en la ciudad.

A ella siempre le hacían precio para dejarla en la libre por ser dizque un cuero y una comunista, simplemente por el hecho de caminar sola en la noche.

Le da un mordisco al pan duro con mantequilla. Pasa la página del álbum, vuelve a ver a Josefo con la cabeza casi calva, a los lados se asoman dos escasas matas de canas, ahora su cuerpo se nota más flaco, hasta esquelético en comparación con la otra imagen.

Barajita saca la foto del plástico que ya no pega nada sobre el cartón manchado, mira la fecha en la parte de atrás escrita en tinta azul: 2005.

“Ojala y se viera así todavía, y oye, que ahí se veía descricaja’o”, piensa irónicamente.

Ahora Josefo tiene un SIDA que se lo está llevando el diablo, la enfermedad la cogió cuando se fue a vivir a la ciudad dizque para estudiar “tranquilamente”.

Lo que él no sabía era que Ciudad Nueva, en los tempranos 90, se había convertido en un nicho de sorpresas conjugadas en cogedera, mugre, alcohol, cueros, lúmpenes, chulos, mamagüevos, colmadones de banilejos, niños huele cemento y vírgenes a la espera de ser ultrajadas a la salida de la escuela en plena tarde.

Ciudad Nueva era ese paraíso en el que todo el mundo buscaba la democracia perdida en un orgasmo mal logrado. El Josefo cayó por el deseo del espejismo, pero ella lo ayuda a que siga en pie con la realidad de la ciudad putrefacta hecha cuerpo y carne. Ya hace casi siete años que él no le envía una foto.

“A mí me da una maldita vergüenza manita…”, le dice a veces por teléfono.

Se baja la braga, todavía está limpia, lo más seguro le baja la luna, como le decía la abuela, en unos días. La lluvia comienza a caer en la calle Arzuaga. El olor le cautiva a salir al balcón para ver la plaza mojarse, pero se resiste.

Pasa otra página en la que se ve a la Tata con Marisela en los brazos. Ya la casa estaba pintada de amarillo en ese entonces. Es el año 1990, según dice la foto en la parte trasera.

La vieja Altagracia se había preñado a los 50 años de su esposo Cuquito que estaba muriéndose de cáncer en los pulmones. Fue un milagro para la barriada, una señal. Por tal razón, todos los vecinos caminaron de sus casuchas para ponerle una vela a su mamá con el deseo colectivo de que ese año el fango no le subiera hasta mitad de las casas y no perdieran los féferes que habían comprado en la Duarte cuando Fifo, el comerciante, bajaba a la ciudad para buscar los mandados.

La lluvia era tanto significado de bendición como de tragedia cuando se es pobre.

Las casas se salvaron pero Altagracia murió después de parir debido a una neumonía y, a ella, le siguió el viejo. Dos años después se le dio la oportunidad de Barajita viajar legalmente a Puerto Rico. Los milagros son vainas rarísimas que no son dignas nunca de celebrarse.

“Sea la madre del fango puñeta”, recuerda abriendo las fosas nasales y pensando en puertorriqueño. Rápidamente le baja una lagrimita por el ojo derecho porque ya Marisela está terminando el bachillerato en psicología.

La carajita es una santa, nunca se ha embarazado, no tiene novio, saca buenas notas, pero como sea tiene que pasar el mismo trabajo que ella pasó cuando tenía su edad.

Y es que todo el dinero se va en el tratamiento de Josefo y no hay para comprar un carro. Aunque pensándolo bien el guiso que le surgió con la muerte del veterano es la oportunidad de mandar los cuarticos para entonces comprarle al menos una carcacha a la hermanita.

Sale al balcón para encontrarse con la plaza lubricada, los perros ladran y el reloj del Tren Urbano marca las 2:30 de la tarde.

Tiene que llamar a Rómulo porque a la China hay que seguirle los pasos. Además tienen un trabajo pendiente en La Perla, pero eso todavía puede esperar.

Barajita mira cómo Doña Isabela, la vecina, abre forzosamente la puerta de hierro de la entrada. Es hora de ir al Mercado. Barajita se apresura a ponerse unos pantalones, un camisón y una red sobre la descuidada cabellera. Ella siempre ayuda a la anciana a hacer las compras en los puestos de víveres con el fin de que no la cojan de pendeja porque ya se está quedando ciega.

Siempre que la ve piensa en su abuela, en su mamá y en cuán lejos se encuentra esa dimensión paralela de Yamasá aunque en avión solo sean 45 minutos de viaje.

No se puede ir de esta isla todavía, no se quiere ir nunca, la vida aquí es otra, es por fin solo de ella.

Baja las escaleras, pega un grito a la vieja y mira su celular: LLÁMAME AHORA VACANA.

“Rómulo, tan rastrero siempre”, piensa al cruzar la calle.


Nota del editor: Este texto es parte de una serie que inició con La muerte que da inicio al mambo


Por: Camila Frías Estrada

Ilustración: Noelia Dixon