Vietnam: “La pesadilla de verdad es la realidad”

 

La foto en blanco y negro presenta la figura de un hombre de no más de 21 años. Luce pensativo mientras observa de forma distraída el ojo de la cámara. Su imagen expresa ambivalencia, como si divagara entre el pasado y el presente pero al mismo tiempo buscando esa brecha del humano joven que intenta descifrar un futuro incierto.

Detrás se ve la jungla, esa vegetación a la cual estamos tan acostumbrados los caribeños. No obstante, ya muy lejos de las Antillas mayores, en otras fotos sus manos se ven acompañadas de un fusíl cargado de futuras muertes, impulsos de sobrevivencia y sueños que quizás se convirtieron en pesadilllas. Es un niño no más, como tantos otros 250,000 puertorriqueños que miraron en la guerra de Vietnam… un oficio, una distracción, una obligación involuntaria o la superación económica en tiempos críticos.

Alfredo Marín Carle ocupaba en ese entonces la posición de mortero en el sur de Vietnam. Con tan solo 19 años, la guerra y la muerte se convirtieron en su escuela. Las enseñanzas que obtuvo del conflicto bélico le sirvieron para transformar su vida y encaminarle a la busca de un futuro repleto de posibilidades de superación a través del arte.

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“Yo era un high school drop out y como me estaban pasando cosas difíciles -tenía problemas con mi novia, mi mamá se habia vuelto a casar y ya no era el macho de casa-, pues por eso decidí irme, escapar…”, dice Alfredo después se darse un sorbo del vino blanco que trasluce la copa de cristal.

Se enlistó voluntariamente en la guerra de Vietnam porque pensó que de esa manera conseguiría una posición de bajo riesgo a diferencia de ser activado bajo la orden del Servicio Militar Obligatorio.

“Yo lo que quería era una posición de cocinero o una posicion en la que no me fuera a pasar nada…”, comparte en tono irónico.

Para comprender los miedos y los mitos creados por Alfredo sobre la guerra es importante entrar en el terreno del cual germinan dichas construcciones, ya que, alrededor de 6,000 boricuas fueron enlistados de forma obligatoria o voluntaria en Vietnam y no todos regresaban con las más gratas memorias o con vida.

Un 40 porciento de los reclutados occilaban entre los 19 y 20 años de edad. De esta cifra, un 54 por ciento pertenecía a la ruralía y solamente un 12.8 por ciento contaba con un cuarto año de educación secundaria (Gerena, 2001). Estos datos revelan un final fatal para algunos de los enlistados, ya que a menor grado educativo, mayor era el riesgo de la posición designada al combatiente.

“Los enlistados en Vietnam son mayormente parte del sector social que queda fuera de la lógica de desindustrialización que se da en la década del 70 en Puerto Rico, que de ser una economía industrial, se convierte en una economía de alta tecnología y servicios.”, indica Manuel Rodríguez, historiador y catedrático del Recinto de Río Piedras de la Universidad de Puerto Rico.

En el 1970, Alfredo recibe la carta para prestar sus servicios en las Fuerzas Armadas de los Estados Unidos. Era claro que la suerte estaba echada y lo peor es que la noticia tendría que ser escuchada por su madre María Úrsula Carle. El veterano tiene el vago recuerdo de observar largas filas de jóvenes esperando llamar a sus familiares frente a los teléfonos públicos del pueblo de Carolina.

“Hacían filas para llamar a la mamá y darle la noticia. Tú veías a un montón de chamaquitos llorando en los teléfonos públicos”, indica mientras recuerda, de forma cortante, que el peor momento fue cuando tuvo que darle la noticia a su madre.

Tras esperar tres días en una inmensa base militar ubicada en California, llena de cientos de camastros, llamaron su nombre, con el fin de abordar un avión comercial durante 22 horas de Oakland, California, a Vietnam, con una parada en Japón.

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La llegada

“Lo primero que recuerdo al llegar a Vietnam es que tenía un olor a cilantro, curri y culantro. Pero era un olor también a fango, a podrido. Puerto Rico olía así en una época, como a mangle. Por otra parte, recuerdo que un puertorriqueño, también soldado, gritó a toda voz que quién era puertorriqueño. Yo le contesté que yo era boricua. A esta contestación me grita ‘te vas a cagar en tu madre’. Imagínate, eso fue acabando de llegar”.

La guerra de Vietnam comprende a la cuarta generación de puertorriqueños que combaten en las Fuerzas Armadas de los Estados Unidos. Sin embargo, esta guerra se distingue por una serie de factores ideológicos y de combate que le diferencian de otros conflictos bélicos como la Primera y Segunda Guerra Mundial o Corea.

Según Rodríguez, “Vietnam es quizás uno de estos conflictos donde por primera vez la Guerra Fría hace contacto con la realidad de un país que está en un movimiento de liberación nacional. Por lo tanto, no estamos hablando de los parámetros normales de la Guerra Fría. De la Unión Soviética vis a vis con los Estados Unidos en el afán por extender su esfera de influencia en una parte determinada del mundo. Los Estados Unidos piensa que es el caso, pero al intervenir en Vietnam se dan cuenta de que no responde a la lógica causal de la Guerra Fría. Los parámetros de esa realidad obligan a que Vietnam se dé bajo otro registro ideológico y operacional distinto”, afirma.

A esto el académico de la UPR añade, que las diferencias entre un veterano de Vietnam y uno de la Segunda Guerra Mundial o de Corea, son muy marcadas.

“En Vietnam tú tienes 19 años, te montan en un avión y who are you? El veterano de Vietnam es poco recordado en la memoria histórica de Puerto Rico a diferencia de los veteranos de la Segunda Guerra Mundial o de Corea. Por ejemplo, tenemos el Pelotón 65 de Infantería. Ellos fueron los que se despidieron de la gente y los familiares en el puerto antes de que zarpara el barco. Y es más, hasta tienes una Avenida que te lo recuerda todos los días. La diferencia radica en que el Pelotón 65 de Infantería representaba a una unidad nacional ‘boricua’, a un grupo étnico en específico. En Vietnam este no es el caso. Tú entras como cualquier activo a pelear en la guerra”, afirma mientras reflexiona por qué los veteranos de Vietnam son usualmente olvidados en la historia puertorriqueña.

Al llegar al aeropuerto, Alfredo observó con detenimiento los uniformes de los soldados que partían a los Estados Unidos.

“Los uniformes de ellos estaban sucios, viejos y los de nosotros que acabábamos de llegar, estaban nuevos”, dice mientras recuerda esa premonición trágica del ser humano antes y el después de la guerra: ¿Quién vuelve y quién se va?

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Después del aterrizaje fue localizado muy al Sur de Saigón donde se encuentran los famosos arrozales que marcaron la memoria colectiva y mítica de dicho momento histórico. Al finalizar el entrenamiento, debido a que era bilingüe, Alfredo se convirtió en Sargento del Vigésimo Quinto Escuadrón de Combate bajo la posición de mortero. Según la tesis de Ángel Nieves Lamoso (1980), el idioma fue uno de los grandes impedimentos que enfrentaron los puertorriqueños en Vietnam, al menos Alfredo tuvo este punto a su favor.

Su primera misión fue una secreta y ordenada directamente por el presidente Richard Nixon. Esta tenía como propósito destruir el escondite de armamentos de los rebeldes que operaban en el Ho Chi Minh Trail (La Ruta de Ho Chi Minh), en Cambodia. Alfredo reconoce esta experiencia como la primera que tuvo frente al caos. Aquél joven de 19 años presenció tiroteos, muertes y, por primera vez, ejerció la violencia de su cañón. “En esa operación murieron 3 amigos”, susurra con un tono de voz sombrío.

Para el joven Sargento, los días fueron inestables, ya que para el 70 Nixon comenzaba a retirar tropas de Vietnam y tuvo que pasar por dos Divisiones y una Caballería hasta su salida en el 71. Todos los militares que tuvieran más de diez meses podían ser retirados, pero él solo tenía seis. Por lo tanto, el momento de salir le parecía imposible, no obstante, los soldados colegas le ayudaban a sobrellevar el peso de la lejanía y las ansias de escape.

En la primera Caballería Alfredo conoció al soldado Hernández quien era de origen mexicano. Uno que otro día tomaban una cerveza mientras pasaban la noche en algún arrozal con el agua hasta el cuello. El sonido que le hace recordar a su compañero de batalla era el del gas cuando se abre una cerveza de lata “ptssss”.

“Él ni comía carne, era un tipo increíble siempre se estaba riendo y siempre tenía seis cervezas bajo el brazo…”, dice Alfredo con tristeza. “El pisó una mina que le abrió en dos el cuerpo…esa es la historia más triste que tengo de la guerra… Hernández, porque uno nunca sabía los nombres sino solo los apellidos”, murmura.pics

El arte que salva

Cuando la Primera Caballería fue desarticulada, tomó la orden de irse a las barracas hasta ser reasignado al pelotón de combate categorizado como “La Compañía C”. En uno de sus tres días libres fue a un snack bar donde se encontraban otros soldados puertorriqueños a quienes les contó sobre su antiguo trabajo en WAPA como diseñador de escenografía, pero cuando relató que iba a ser transferido a la “Compañía C”, la atmosfera cambió completamente.

Uno de los boricuas con los que almorzaba en la mesa le dijo: “¡Ay muchacho! Si esa es la compañía donde más gente se mata”. Sin embargo, en ese momento el arte lo salvó. “Me dijeron ahí mismo que uno de los Sargentos del Headquarter Company estaba buscando a un diseñador gráfico porque se había ido de Vietnam y me consiguieron la entrevista”, dice al recordar su increíble suerte.

Durante la entrevista con el Sargento del Head Quarter Company, Alfredo realizó un cartel en el que puso todo su empeño. “Tú sabes yo estaba luchando por salvar mi pellejo…eso quedó como de Sistine Chapel…nena”. Lo que había dibujado con tanta dedicación era la gráfica actualizada de los soldados perecidos en la guerra. Pero eso no era lo importante, lo que sí resultaba escencial era que el arte le había asegurado la vida y que finalmente lo había retirado de la fatal “Compañía C”.

Los últimos días de Alfredo pasaron entre el arte y la creatividad dentro de la tragedia y la pesadilla que fue Vietnam para él y muchos otros combatientes. A esta experiencia se le puede adjudicar esa famosa frase de Tolstoi, en su novela La Guerra y La Paz donde escribe que “el arte nos salvará”. Quizás dicha línea puede definir esa suerte de recibir el puesto de diseñador gráfico 6 meses antes de partir a su país, Puerto Rico, en el 1971. No obstante, volver de una guerra tiene su precio.

El Síndrome de Estrés Post Traumático fue muy común en los veteranos de Vietnam, y de otras guerras, después de dejar el campo de batalla. Dicho problema psicológico se define como las ansiedades que tienen raíz en un evento complejo que ataca la moral de un sujeto. Alfredo como veterano tuvo sus pesadillas durante las primeras semanas de su llegada de Vietnam. Sin embargo, el veterano indica, que nunca quiso olvidar nada sobre el evento.

“Pues claro que tuve pesadillas, pero no podemos hablar de olvidar sino de poner en perspectiva. Yo no quiero olvidar ningún evento, eso sería sacarlo de mi mente… yo lo que me dediqué fue a entenderlo y a ser positivo. Mira la peor pesadilla es la que se vive en vida, imagínate tú en un arrozal soñando con tu familia, tu novia, tus panas, tu país y cuando vienes a levantarte estás en Vietnam. Esa es la pesadilla… la pesadilla de verdad es la realidad”, asegura.

“La guerra fue una bofetada para mucha gente. Unos lo tomaron de forma negativa, otros de forma positiva. Yo me decidí a terminar mis estudios secundarios en horarios nocturnos y después fui a estudiar a la Universidad Interamericana. Luego me cambié a la Universidad de Wayne, en Detroit, donde viví y estudié, con mis hermanas. Más tarde estudié la Maestría en Notre Dame”, asevera al contar cómo todo en su vida tomó forma después de Vietnam.

La sonrisa de Alfredo le hace lucir como un hombre que ha hecho las paces con su pasado porque ha aprendido a vivir y entenderse con el mismo. Aquel joven de 19 años que ilustra la fotografía es ya abuelo por cuarta vez, padre de tres hijos y budista desde hace diez años.

“De ser artista a tiempo parcial ahora voy a serlo a tiempo completo”, ríe al referirse a su cercano retiro de la Universidad de Ball en Indiana, como catedrático del Programa Graduado de Periodismo Digital.

El Alfredo de hoy es un hombre con una gran familia, tiene problemas como cualquier otro ser humano, pero busca soluciones, ríe y hace reír hasta la saciedad, y es quien quizás eleva el humor hasta su máxima expresión, para poder guardar las experiencias negativas en un lugar que ni él mismo puede ya encontrar. No obstante, lo valioso de su experiencia es que supo cómo vivir con los demonios de la guerra y convertirlos en conocimiento y belleza, en vida y arte.

El hombre de la fotografía, ese de mirada ambivalente, es en el presente lo que se podría llamar un gran artista, uno que nació por segunda vez para emprender su verdadera lucha sin víctimas, una que solamente va dirigida hacia la vida misma.


Por: Camila Frías Estrada

Fotos suministradas por Alfredo Marín Carle