“Me sentí inhumano”: Crónica de cinco días en el Sur

La noche del viernes, 19 de septiembre de 2014, lucía prometedora para Rubén García, joven arqueólogo puertorriqueño radicado en el estado de la Florida hace un año y medio. La agenda oficial de su viaje hacia Nueva Orleans incluía las típicas actividades de tomarse un par de tragos con sus amigos en la famosa calle Bourbon por ser donde se celebra el Mardi Grass, escuchar un sinnúmero de bandas de jazz interpretar sus temas preferidos, reír, bailar y visitar históricos cementerios constituidos por mitos y leyendas sureñas.

A Rubén le era sumamente necesario recrearse luego de trabajar diez días consecutivos en el muestreo de suelo en un terreno perteneciente a la NASA en la ciudad de Slidell, localizada en la Parroquia St. Tammany, en el Estado de Luisiana al sur de los Estados Unidos. Por lo tanto él y cuatro colegas del proyecto organizaron el gran viaje que los conduciría al tan añorado tiempo futuro del festejo.

Les tomaría 45 minutos llegar a Nueva Orleans, esa ciudad con un pasado mestizo y esclavo, cuna del jazz y antigua posesión colonial de Francia y España. Por otra parte, Rubén se iba a adentrar en la pantanosa tierra representativa de la tragedia y el drama humano en el que dejó inmerso el huracán Katrina, en 2005, a miles de sus habitantes en su mayoría afroamericanos pobres. La atracción, la fama y la cercanía le eran inevitables, tenía que visitar Nueva Orleans.

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“Nosotros planificamos muy bien el viaje hasta el punto en que decidimos poner a uno de nosotros como conductor designado porque no queríamos que nadie guiara borracho de vuelta a Slidell. Cuando llegamos a la calle Bourbon apreciamos la arquitectura, fuimos a bares de jazz porque a mí me encanta esa música y hasta visitamos un cementerio, donde tomé varias fotos de una tumba en la que supuestamente estaba enterrada una bruja. En fin, estábamos turisteando”, comenta el joven egresado del Recinto de Río Piedras de la UPR en 2013.

La noche siguió su curso, el alcohol tomó posesión de los cuerpos y a eso de las 12:30 de la madrugada ya estaban listos para partir a Slidell. No obstante, la noche no cerró en dicho momento, ya que cinco años atrás, ese mismo día, el mejor amigo de Rubén había muerto de una condición cardíaca. Dicha experiencia emocional había causado que tomara más de la cuenta y que la nostalgia se transformara en exceso.

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“Yo en ese punto de la noche me emborraché porque me vinieron recuerdos de mi mejor amigo y por eso un compañero intentó ayudarme a caminar hacia el carro. En ese tramo de la Bourbon al carro nos caemos al suelo. Él se parte la nariz mientras que yo me hago daños menores en la frente. Luego de la caída recuerdo entrar en una ambulancia y ver a mis amigos hacer el intento de acompañarme pero no los dejaron”, puntualiza.

Luego de salir del estado inconsciente en el que se encontró por un par de horas Rubén, se levanta desorientado e impotente para darse cuenta de que está esposado en la parte trasera de una patrulla de la policía. No entiende la razón por la cual se encuentra en esta situación. Por lo tanto, intenta escapar, mueve bruscamente sus manos, se desespera hasta que escucha una frase imperativa que le indica en inglés “estáte quieto”.

“En ese momento no entendía nada y me puse ansioso y quise escapar. Luego me di cuenta que íbamos camino a la Parroquia de Jefferson. Yo llegué a la Comisaría a eso de las 3:00 a.m. y lo primero que escuché al entrar es que el sistema operativo de las computadoras está averiado y por eso no me decían cuáles cargos se me imputaban”, indica.

En la madrugada del sábado, 20 de septiembre, Rubén fue localizado en una celda sobrepoblada con 27 detenidos. A su alrededor pudo identificar una población mayoritaria de hombres blancos y afroamericanos locales, no obstante, cuatro sujetos le tenían caras familiares, rasgos latinos y voces que conectaban con su lengua vernácula.

Por ende, no lo pensó dos veces en acercarse, ya que pensó que comunicándose podrían sobrellevar el traumático asunto de estar encerrados hasta quién sabe cuándo, pues no se arreglaba el sistema.

“Cuando fui colocado en la celda, me di cuenta que estaba sobreplobada porque solo habían 24 camas y éramos 27. El espacio estaba sucio, los colchones tenían comida dañada y el inodoro estaba lleno de vómito. Todos los días alguien vomitaba. Cuando me adentré en la celda pensé que me iba a tener que quedar parado pero uno de los compañeros hondureños me cedió parte de su cama para que me sentara. Recuerdo que en la litera arriba de uno de los compañeros había un norteamericano enfermo de HIV”, anota.

A la mañana siguiente se daba un cambio de celda rutinario en el cual se recibían a los nuevos detenidos. Ese día Rubén tuvo la oportunidad de realizar una llamada telefónica a su familia desde la comisaría.

“A todos los detenidos se nos designó un número de caso localizado en un brazalete. Ese mismo número también sirve para uno puede hacer llamadas telefónicas a familiares cercanos. Cuando intenté hacer la primera llamada me di cuenta de que el número que se me proveyó era uno defectuoso. Así que no pude comunicarme con mi mamá”, confirma.

Al Rubén reportar lo que sucedía con el código designado se le indica que el sistema está averiado hasta nuevo aviso. De vuelta en la celda se servía un almuerzo del cual nunca pudo disfrutar debido a su dieta vegetariana. Por lo tanto tuvo que, por obligación, comer huevos para poder subsistir los próximos cuatro días.

En ese proceso los compañeros hondureños le cedían los vegetales de sus respectivos platos con el fin de que satisfaciera su hambre y él los intercambiaba por la carne que incluía su almuerzo. Por otra parte, la idea de consumir mucha comida o agua era un reto para los detenidos ya que solo había un inodoro y el mismo estaba averiado.

“Ellos me dieron cama y comida porque siempre estaban ayudándose entre ellos mismos. Así somos los latinos. Para nosotros comer era un problema porque el baño estaba desbordándose de agua casi siempre”, comenta mientras procede a recordar lo difícil que se le hacía dormir cuando se aproximaba el cambio de celda nocturno.

“En la noche eso se convertía en un infierno porque el compañero enfermo de HIV, que estaba en la cama de arriba, siempre estaba pidiendo ayuda o medicamentos por el intercom que teníamos en la celda, pero nadie venía a socorrerlo”, dice con tristeza.

Las otras voces silenciadas por una frontera

En los próximos días, Rubén se dedicó a escuchar las historias de sus compañeros de celda hondureños. Entre conversación y conversación pensó en lo alejado que estaba de la trágica realidad social en la que viven miles de centroamericanos en sus países de origen, especialmente en Honduras.

Acorde al estudio realizado por el Pew Research Center en 2014, más del 60 por ciento de los 573 mil inmigrantes hondureños que viven en los Estados Unidos radican en dicho país de forma no autorizada.

La razón principal de esta ola migratoria hondureña es la violencia institucionalizada que afecta a los sectores pobres y trabajadores desprotegidos por el estado hondureño ante el poder paraestatal de las gangas urbanas.

Por tal razón, en 2013, las Naciones Unidas posicionó a la ciudad de San Pedro Sula como la capital más violenta del mundo al tener una tasa de 187 homicidios por cada 100,000 habitantes.

“Uno de ellos se puso a llorar porque no se imaginaba volviendo a Honduras. Yo recuerdo decirle que todo iba a estar bien y que al menos allá iba a ver a su familia, a la gente que lo quería verdaderamente, y que por fin se iría de este país donde era discriminado por simplemente ser un inmigrante”, puntualiza al recordar que una gran parte de los hondureños eran arrestados por cargos de conducir bajo la influencia del alcohol, ese líquido que exacerba o mata la nostalgia.

“Otro compañero me comentó que allá, en Honduras, había trabajo pero había que pagar por trabajar. Pero casi siempre se mantenían alegres y hasta bromeaban conmigo diciéndome que si me iba con ellos, iba a encontrar trabajo”, comenta.

Una de las causas que provoca la migración de miles de hondureños hacia Estados Unidos es la extorsión económica que emplean las gangas sobre las familias trabajadoras y los pequeños comercios.

El “pagar por trabajar” es conocido como el pago de la “renta” o el impuesto que establecen estas unidades paraestatales por brindar protección a una familia o a un negocio específico.

En fin, cruzar peligrosos ríos como el Usumacinta y dos fronteras adicionales, la de Guatemala y México, ser víctimas de asaltos y violaciones sexuales, se ha transformado en la única esperanza de los hondureños pobres de huir de la violencia y ayudar económicamente a sus familias.

Ahora Rubén entendía esa realidad alterna que solamente se ven en los noticieros amarillistas de Univisión. La miseria y la violencia son el agente catalítico del escape y la inmigración ilegal.

El precio de una fianza para un hispano

El lunes 22 de septiembre, Rubén, exitosamente, realiza la llamada a su madre y su cuñado en Florida gracias al número que le presta uno de los compañeros de celda afroamericanos. En este punto todavía no entiende cuáles son los cargos y por qué ha permanecido tanto tiempo detenido.

“El fiador no quería prestar el dinero porque era hispano y supuestamente ese simple detalle lo haría perder la cantidad a prestar porque iba a resultar culpable de los cargos. Mi cuñado tuvo que hacerle toda la historia de que yo era un muchacho decente, que había estudiado y que tenía mi trabajo. A esta historia se convence el fiador, pero le pide que pague el monto total de la fianza, cuando lo normal es que pagues por adelantado solamente un 10 por ciento. Mi cuñado tuvo que dar los $ 750.00 de golpe porque yo era latino”, indica.

El martes 23, luego de ser prestada la fianza, Rubén se percata de que todavía no lo dejan salir de la celda, por tanto, le cuestiona a uno de los policías por qué no puede salir en libertad si ya estaba pagada la fianza.

“Uno de los guardias me contesta que estoy en proceso de deportación y que ICE está verificando mi caso. Esta situación me deja sorprendido y me hace pensar en todo el proceso por el cual he pasado. Yo tenía en mi cartera todas las identificaciones necesarias para que validaran mi identidad pero nunca prestaron atención a eso porque ellos creen que cualquier documento puede ser falso. Desde ese momento entendí que todo lo que había ocurrido formaba parte de un secuestro selectivo porque a mi otro amigo no lo detuvieron”, asegura.

Actualmente, la comunidad latina lleva a cabo una gran lucha en contra del encuadre racial de inmigrantes hispanos por parte de la Policía de Nueva Orleans y su cooperación directa con ICE. Esta unión entre núcleos disciplinarios y de poder colaboran con la finalidad de iniciar el proceso de deportación en caso de ser el detenido un inmigrante ilegal.

Al momento, la entidad de New Orleans Center for Racial Justice ha pedido justicia al alcalde Mitch Landrieu por el caso de Murilo Scherr, inmigrante y trabajador brasileño que fue detenido por la policía en 2014 por evadir la luz roja en un semáforo, no obstante, al momento en que perciben su acento la policía de Nueva Orleans contacta a ICE para iniciar un proceso de deportación.

Algo similar ocurre en el caso de Rubén, lo único es que el joven de piel quemada es puertorriqueño y a la vez ciudadano de los Estados Unidos, por consiguiente, el modelo de estereotipado bajo el cual es identificado aparentaba tener un error tan craso como el sistema operativo de la comisaría.

Tras un día más de espera, Rubén sale de la comisaría el miércoles, 24 de septiembre.

“Salí de la comisaría y me sentía inhumano. El compañero hondureño al cual había ayudado para que contactara a su tío a través de mi mamá fue deportado a Honduras. Recuerdo salir apestoso, con la barba más crecida de cuando entré, tenía hambre y me sentía muy cansado. No reconocía el lugar donde me encontraba y para colmo el compañero que fue deportado fue quien se ofreció a llevarme con un pariente a una parada de guaguas cercana, lo cual no fue posible. Para mi suerte un amigo del trabajo me estaba esperando afuera y me llevó al hotel de Slidell donde nos estábamos quedando. En el camino me comenta que intentaron verme en varias ocasiones pero que no se lo permitieron y hasta se ofrecieron a pagar la fianza pero tampoco les fue posible”, comenta con cansancio.

A su llegada al hotel todo le era distinto. La habitación apestaba a la comida podrida que se había quedado por cinco días tras su ausencia. En ese momento decidió tomar un baño, afeitarse, comprar un almuerzo y dormir un rato para escapar de la experiencia dantesca que había vivido en la comisaría. Luego de unas horas se marchó a Florida dejando atrás un paisaje sureño traumático del cual nunca quisiera volver a formar parte.

Atrás quedaban los hondureños, las injusticias, el encuadre racial, los estereotipos, la lucha por la sobrevivencia y su condición como latino y ciudadano marginado de y en los Estados Unidos.

La fiesta se había transformado en la cruda realidad de un estado sureño, irónicamente liderado por el gobernador republicano Bobby Jindal, hijo de inmigrantes indios, listo para deportar a los miles de hondureños ilegales en busca de ayuda humanitaria.

“La verdad es que es hora de que nosotros los boricuas establezcamos conexiones con los demás países latinoamericanos, conocer y aprender de las vivencias de sus pueblos. Desgraciadamente, solo en situaciones de discrimen son cuando nos encontramos e identificamos con otros latinoamericanos. No porque no lo seamos, sino porque se nos ha negado ser. Las relaciones de los puertorriqueños con otros hispanos han sido limitada por la intervención norteamericana decontextualizándonos de la historia y la memoria del pueblo latino. Cosa que nos hace pensar cuando comparamos las distancias con los países que nos rodean y el conocimiento que tenemos sobre ellos versus la información que nos bombardean por todos los medios sobre Estado Unidos y lo distante que estamos de ellos” concluye Rubén.

Texto por: Camila Frías Estrada.

Fotos suministradas por: Rubén Garcia.