El plato del día

Resulta que la “botada pal’ carajo” que le dio el novio a Gabriela una semana antes del vanagloriado Día, le sirvió para  repensar su existencia y llegar a una decisión clara y absoluta. Tomaría el tren de las tres, caminaría hasta la parada de guaguas y luego se prepararía para la gran celebración en la Plaza de Armas. A nadie le gustaba llegar sola un día como ese: lleno de multicolores globos, corazones plásticos, chocolates baratos, espacios urbanos habitados de pendejos y pendejas comiendo papitas fritas de pico a pico y lamiendo patéticamente la bola de helado en el cono del otro sin propósito alguno.

Algunos amigos le dicen que todos esos eventos surgen con la finalidad de ser felices, de manifestar el júbilo colectivo humano de mantener una pareja atada a una soga como a tu propio perro, pero para ella, nadie puede ser feliz en la estupidez y menos en una tan grande y capitalizada como esta. Enseñar que amas como significado de la felicidad y el amor temporero es una de las más grandes bazofias inventadas por el hombre. Eso es como televisar la muerte de un pariente cercano para que todos los que viven en el barrio se sientan felices de estar vivos. Nadie lo hace. ¿Cierto? O al menos todavía…

Se hartó. Ese sería el último día en que la gente le estrujaría la soledad en la cara.

Todos los años le pasaba lo mismo. Tenía una pareja por 8 meses y el día antes de San Valentín siempre se “deshacían” de ella porque “necesitaban repensar” la situación de sus interesantes vidas. La “situación” era que todo seguía siendo lo mismo. Sin embargo, las opciones, la diversidad, esos otros y otras, eran las que hacían cambiar a sus antiguas parejas de pensar por momentos, así de golpe, como cuando un par de tetas perfectas o un culo de hombre deportista te interrumpen la vista en medio de una lectura en la biblioteca de la universidad. Al final, el “break” de pensar se basa en cómo lidiar con los cuerpos ajenos que te obligan a cambiar de opción, de perspectiva y del disfrute de los polvos esporádicos que te has perdido por martirizarte a tal punto que te subyugas a comer del mismo plato por toda una vida hasta que te mueres de la tristeza. “¿Seré yo ese plato?”, se preguntó al subir la calle San Francisco.

Para Gabriela era típico ver al ex agarrado de manos con otra mujer u hombre en menos de dos semanas. Casi siempre la sustitución era por una persona menos atractiva y con una idiotez tan obvia como la Barbie o el cerdito de cinco cabezas que llevaba tatuada en la espalda o el brazo derecho. La vergüenza, definitivamente, fue donando año por año un dólar de resentimiento cósmico en la alcancía universal que ni Walter Mercado podía leer en sus cartas o romper para depositar lo acumulado en su cuenta bancaria. “Yo termino con esta pendejá hoy mismo”, afirmó al entrar a Walgreens a comprar una botella de agua.

La triste verdad era que no consumir en pareja durante un día tan importante era el real martirio. Si no se comparten los regalos, los besitos, los “panties” de Victoria’s Secret, el ron, el perico, La Pepa Negra, la Viagra, el cuerpo en sí, pues no vale la pena vivir. El primer precio lo tiene la carne y venderla es tan fácil… ¿Quién iba a quererla si nadie podía consumir de su cuerpo y salario?

Colocó la mochila dentro de la fuente, miró el reloj del celular, arregló la hora de la bomba casera y caminó hacia El Morro con el propósito de escuchar a lo lejos la explosión. Lamentablemente, la bomba nunca funcionó y la explosión fue simplemente silencio interior. Nada la consumió más que el reconocer, como muchos otros, el hecho de que ella también era otra idiota. Lo último que vio volar por el verde pastizal de El Morro fue un plato desechable con rastros de un viejo almuerzo criollo. Era el plato del día y pensó en que tenía mucha hambre…


Por: Dunia Morel