La invitación (III)

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Ilustraciónpor Noelia Dixon

 

Por: Camila Frías Estrada


Se dio cita con él en un restaurante de comida china ubicado en la recurrida Avenida Universidad. El olor que se escapaba por una de las ventanas de la cocina le ponía de mal humor. Pensó, al ver a lo lejos la espalda sudada y los  brazos lampiños del cocinero, en todos los mitos existentes sobre la oferta gastronómica de los asiáticos en el Caribe: perros guisados, gatos sidosos al sartén, tiritas de caballo acompañadas de Lo mein, pechuga de iguana con tostones al ajillo, entre otros platos exóticos. A través de la sonrisa habitada por las profundas caries de Tuzi, un chino oriundo de Guizhou con tres libras de grasa en el pelo y una casa llena de inventos y artefactos para hacer pastas caseras, se confirmaba la muerte de todos los animales perdidos de Río Piedras.

“Ete tiguere e’ como que un killer”, pensó al ordenar dos servicios de egg rolls de vegetales solamente. Al Tuzi sentir la presencia y escuchar el acento del “mujerón de la Arzuaga”, procedió a saludarle con pinza en mano. Este gesto le permitía encajar sutilmente la mirada en un escote que revelaba un clivaje perfecto parecido a dos almohadas cubiertas por telas de seda marrón con diminutos y redondos botones en su centro.

Sus tetas siempre lo obligaban a soñar con una noche dedicada a la profesión de tomar chichaitos en el bar El Refugio y comer pinchos de cerdo con ella bajo el brazo. Así como protegiéndola, para luego besarla en la oscuridad de los callejones más apestosos de la ciudad y seducirla a subir a su casa para enseñarle todos sus ingeniosos aparatos que de ser basura ahora servían para al menos halagar su ego.

Tuzi pensaba que Barajita tenía un cuello perfecto, uno que cerraba la noche de ensueño con el acto de asfixia, ese que le permitiría echar un polvo conjugado de lágrimas, gritos de placer y muecas de opresión acompañadas de las incómodas miradas que le dieron los vecinos de su barrio cuando tuvo que partir porque su cabeza tenía un buen precio en los círculos de peleas clandestinas.

Cuando el barco zarpó Tuzi se hizo la idea de que iba a llegar a una parte importante del mundo, sin embargo, llegó al Caribe: esa dimensión donde respirar de por si te hace un héroe y donde la importancia de todo gira en torno a la pasión de tomar cervezas para olvidar las torturas que manda a diario el fucking sol.

Al retirar los cinco egg rolls de la freidora, pensó en cuán placentera sería la mirada inerte, congelada por el horror y el placer, de esta comemierda que le pichaba a todas sus condescendencias. Barajita, al escuchar el saludo, viró la cara hacia otro lado del salón, ya que sentía como si el mismo diablo le hubiese guiñado el ojo y necesitara escapar rápidamente de la maldición.

Luego de cabalgar sobre los jinetes de la xenofobia y el racismo por unos minutos, Barajita se persignó a toda velocidad y tiró tres aménes al aire que le hicieron llegar a la conclusión de que estaba mal el establecer prejuicios sobre los astutos viajeros que provenían de esa otra parte del mundo, una que, desde este archipiélago glorificado por hermosas playas y gente hostil disfrazadas de felicidad eterna, nadie quería o podía comprender porque para muchos “toda esa gente” es igual.

Ella sabía de antemano que eso de comer gatos no es solo algo de los “chinos” sino también de los dominicanos. Barajita recuerda que cuando había sobrepoblación de felinos durante el verano en su barrio, la gente comenzaba a cocinar a diario dizque locrio de pollo para la comunidad cristiano-espiritista. Nadie preguntaba de qué era la carne porque con hambre nadie piensa ni en Jesús, los espíritus o el origen de esto o aquello. Lo que hay es lo que hay. Cuando el tumulto llegaba de la playa, y el espagueti con carne no había tenido efecto alguno en sus estómagos, todos miraban el locrio con desdén y benevolencia.

Esa Semana Santa del 93 tres de los gatos con los que solía jugar habían desaparecido. Era obvio que los sacrificios de “Tusa”, el angora color amarillo de la calle Vejiga, “Isha”, la gata con el ojo derecho azul y el izquierdo verde de los Medina, “Hércules”, un semental del patio de su casa, tenían el propósito de confirmar que en momentos de crisis dejan de existir los nombres y los bonitos recuerdos a los cuales adherirse cuando de sobrevivir se trata.

“Oye, hay que ponerse la’ pila loca, ya la familia del veterano ‘ta pidiendo al ladrón de to’a su vaina”, le susurra Rómulo quien apareció de la nada. “Bueno, ¿tú quiere que yo investigue el caso o que me lo invente? Esto toma tiempo mi helmano, yo ‘toy casi ahí, con la ladronaza bajo la mira”, le contesta mientras procede a pagar por la orden. “¿Y qué tu pedíte? No me digas que algo con carne porque tú sabe cómo e’ eta gente que matan y se comen lo primero que encuentren”, comenta Rómulo a toda voz, sin importarle que la cajera, también asiática, lo escuche y lo mire con ese odio que le tiene cualquier inmigrante a la ignorancia cultural de otro mamarracho con complejo de superioridad.

A todo esto, caminó a la mesa localizada al lado del cristal manchado de aceite de soya y salsa agridulce. Rómulo comenzó a sacar unos documentos de su mochila. Todos formaban parte de un archivo que se componía de fotos de Facebook, Twitter e Instagram. En adición, habían unas cuantas búsquedas de Google que Rómulo no supo cómo imprimir sin el logo del tan usado buscador.

“Barajita, la verdá e’ que si vamos a trabajar juntos tienes que investigar un poquito más. La supuesta china que estás buscando no es china ná’, es de El Salvador y llegó a Puerto Rico como indocumentada por una playa de Rincón. Así que imagínate lo tiguerasa y chapiadora que e’ esa mujer”, le dice mientras posiciona sobre la mesa siete fotos de la mujer con familiares en una fiesta. “Mira, ella tiene 5 hijos por allá, más los que tuvo con Mariano por aquí suman 13. Imagínate lo deseperá’ que está por lo’ cuarto de cualquiera que se le pegue”, le confirma al ahora sacar fotos de los hijos graduándose de la universidad en El Salvador. “Coño, Rómulo, esto es información valiosa, nunca pensé que tuvieses el talento para esta vaina de dizque investigar. Me sorprendes”, le contesta mientras hunde un egg roll en una gelatina color rosada. “Ahora lo importante es seguirle los pasos, ver qué compra, con qué paga y dónde trabaja. Si no verificamos eso, estamos jodíos y ya los 3,000 pesos que nos pagaron por el caso los gastamos en la computadora y en poner el interné’”, aclara mientras mira inquisitivamente el plato de cartón de Barajita. “Pero, ¿lo servicio’ de egg roll no traen 2 cada uno ná‘má’? Tú tiene como que cinco ahí”.

Barajita mira el plato dudosa de la información que le da Rómulo sobre la china que ya no es china. La historia comienza a cambiar ya que una mujer con tantos hijos no se dedicaría a robar en un pueblo tan pobre como este. Además, los ladrones siempre tienen algo en común: la vagancia o mejor dicho una astucia que, con el tiempo, y con tantos hijos no hay espacio para tener ni un momento libre. Barajita observa detenidamente el quinto egg roll sobre el papel de hornear, lo cual la obliga a pensar en que ha sido un regalo del chino que sí es chino, ese que siempre la mira medio raro cuando come en el restaurante. Debajo del papel descubre una nota que dice: Kiere Sali Commigo.

Barajita esconde la nota, se ríe de los errores ortográficos y de sintaxis, es más, hasta le parece cautivador. Aprovecha a que Rómulo se ha ido al baño y escribe: Quizás. Tengo que pensarlo. Coloca la nota en el mismo lugar y le hace entrega a su emisor a través de la cansada cajera. Una canción de Monchy y Alexandra comienza a escucharse en el salón al momento en que Rómulo se sienta en la mesa. “Ya no me sorprendes, eres un machista estúpido. La china no es la ladrona. Tenemos que cambiar de sospechoso”, le reprende mientras aprecia cómo él se saca los mocos frente a todo el mundo, así como si no le hubiese dicho nada.


Nota de la autora: Este texto forma parte de la serie “Río Tuerto” que ya cuenta con dos entradas: La muerte que da inicio al mambo (I) y Barajita y los días nublados (II).