Soy madre, ¿y qué?


Escrito por: C.J.


Soy madre hace 12 años, este, es un oficio difícil que siempre me ha provisto con recompensas emocionales, sí, así le llamo a ese sentir, es más me gusta cómo suena la frase porque la siento real y hasta poética. Toda mi vida he trabajado fuerte.Durante 13 años laboré en la industria hotelera, y quien ha sido parte de ese mundo laboral, estará de acuerdo que es una ocupación solo para atrevidos. Aun así el convertirme en madre ha roto todos mis esquemas sobre lo que se entiende como: trabajo fuerte.

Yo fui criada en un hogar de clase media y con una educación de base militar, sí de base militar norteamericana, pero que conste que soy boricua con la mancha en la frente. Mis padres lucharon mucho por brindarnos a mi hermana y a mí una educación digna, un hogar seguro, y una vida normal. Recuerdo que mi hermana y yo fuimos a Disney en más de tres ocasiones con nuestros padres, todos los veranos visitábamos paradores y siempre éramos de las mejores vestidas en las actividades escolares. Todo lo anterior, en dicho momento, me parecía normal, pero hoy reconozco que mis padres dejaron su pellejo trabajando para brindarnos todo eso, aunque nunca nosotras notábamos ese sacrificio. Entiendo que la ceguera se debia a que éramos jóvenes y para nosotras eso era lo “cotidiano” dentro de nuestra visión de mundo.

Siempre fui estudiante de honores, aunque acepto, que en el fondo muy dentro, siempre fui una “joyita”. La realidad es que no les di problemas a mis papás y me gustaba seguir sus instrucciones. Aunque confieso que no sé si me gustaba el seguir las reglas o si simplemente las obedecía para no vivir las consecuencias venideras en caso de desobedecerlas. En fin, soy lo que soy gracias a ellas.

Así que imaginen cuán exigentes son las metas que tengo en el futuro de mi hijo.

Me considero una mujer moderna con una actitud, si se podría decir, fuerte. Me gustan los deportes en realidad me fascinan, no es raro verme con mis jerseys oficiales de los Patriots, Yankees, Lakers, o en mahones y tennis. Tampoco es raro escucharme en discusiones de deportes con mi esposo, mi hijo o mi compadre ya que en mi casa nadie concuerda en nada en materia de deportes. A duras penas uso maquillaje, solo en ocasiones que lo ameriten y me gusta vestir simple aunque no puedo salir sin mis pantallas. No le tengo miedo a pintar o lavar carros, es más, me encantan los automóviles eléctricos de mi hijo. Soy cristiana protestante y fanática de la música de los 80’s. Soy así y soy feliz.

Así que con todas estas características que me definen también me ha tocado criar y tratar de no olvidar quién soy, al hacerlo, permito que mi hijo pueda describirme sin esfuerzo, dejo que me conozca y que me entienda. Por tal razón es que apruebo que él escuche la emisora Magic, es más hasta se sabe las canciones, que me acompañe a las tiendas, que me regañe cuando, según él, estoy haciendo el ridículo si bailo, juego voleibol y canto en un karaoke; soy tan flexible hasta lo dejo establecer comunicación con mis amistades.

Mi hijo es un personaje, pero qué esperar, yo también soy un personaje.

Me divorcié al año y medio de dar a luz, así, sin querer, pasé a formar parte de ese conocido y ajetreado grupo social conocido como: las madres solteras. El mismo que no es más que la unión de muchas funciones: la de madre, padre, profesional, ama de casa, chófer, entre otras. Si leyeron bien no escribí amiga, mujer, porque esos aspectos o funciones se olvidan. Mi trabajo no me permitía mucho tiempo para recrearme porque con el horario que tenía ni hablar podía.

Por tanto, mi hijo se crío gran parte del tiempo con mis papás, unos que le daban, y dan, todo lo que pedía, pobre de mí; lo más interesante es que ellos padecían, y padecen, de amnesia selectiva a la hora de corregirlo y de aplicar las reglas con las que me criaron. Mi chico se crió entre adultos y ha crecido con la distorsionada idea de que es uno.

Hace 3 años me casé nuevamente y aparte de madre ahora soy esposa, y madrastra, odio esa palabra. Dentro de todo este meollo me ha tocado criar un niño en una era donde lo tecnológico es indispensable, donde es sumamente importante estar in (whatever that means), donde es cool pasar todo el día jugando Xbox con un aparato que te permite hablar con gente que no conoces, donde los muñequitos no son cartoons sino jovencitos que se convierten en ídolos multimillonarios, donde los deportes se siguen para saber que tennis comprar, y donde es más fácil comunicarse por textos que hablar por teléfono.

Dadas las razones anteriores y para poder ser exitosa en la crianza de mi hijo he tenido que desarrollar técnicas que incluyen recuerdos de mi infancia y adolescencia, los relatos de cómo se criaron y cómo vivían mis abuelos, y mi experiencia viviendo de niña en una base militar, con el fin de poner la imaginación y el sentido crítico de mi hijo a trabajar, para que en efecto, se convierta en un ciudadano productivo, un hombre cortés y responsable y que finalmente en su adultez sea un buen padre.

Muchos dicen que soy cruel porque cuando tengo que poner en efecto la ley de la fuerza lo hago de una forma muy sarcástica, pero es que cuando se lo merece se lo merece. Mi hijo me llama cuando salgo del trabajo para saber por dónde voy, y si me tardo, me pide explicaciones, critica lo que uso para vestirme, pero si me enfermo, se convierte en mi enfermero, en fin, me cuida porque entiende por dónde voy y de dónde vengo. Así que la fuerza y los castigos acompañados con un poco de sarcasmo han hecho efecto.

Y dirán ustedes lectores: ¿Fuerza? ¿Sarcasmo? ¿Efectividad?

Pues sí, en esta época donde ya la generación de nuestros hijos no quiere correr bicicleta o patineta, no le gusta bailar, no quiere jugar al escondite y no tiene ni idea de lo que es un party de marquesina, hay que ingeniárselas para que, además de obedecer, sepan que nosotros, los padres, tenemos todavía control sobre sus vida porque, como me decían a mi también, mientras viva en mi casa y coma lo que se compra con nuestro sueldo nosotros tenemos el control.

Sin embargo pueden malentenderme, porque “uso de fuerza” suena a maltrato, pero yo no lo veo así ya que considero el término como un recordatorio manual a tiempo. Ese aviso prematuro que de seguro les evitará dolores de cabeza en el futuro. Mi hijo sabe que si hizo algo incorrecto, y necesito recordárselo, lo voy a hacer, y que conste, que no lo hago públicamente. Mi mamá me enseñó que cuando lo haces en privado es más efectivo. De hecho, podría decir, que mí chico odia que le diga que me acompañe al baño de algún lugar porque sabe que de ahí saldrá con un color más intenso que el normal.

Sarcasmo. ¡Pues claro! Nada mejor que dejarle saber que no tengo reserva alguna en convertir un objeto que aprecia en material reciclable y que sea él mismo quien tenga que depositarlo en la basura. Decirle a un hijo de este tiempo que su celular, su Xbox, Ipod, Tablet, es material reciclable, y que si yo lo compré, puedo hacer con el mismo lo que quiera, es una forma segura de obtener su atención y se convierte automáticamente en un recordatorio cada vez que intentan hacer lo que no deben.

Siguiendo la línea temática de los aparatos tecnológicos cabe dejar claro que tengo acceso a estos aparatos a través de mi celular y puedo inclusive saber su localización. Sinceramente no me molesta que piensen que soy una psycho, es mi hijo, lo cuido y lo crio según entienda es correcto. Este argumento lo pueden poner en duda muchos psicólogos y trabajadores sociales, pero así criaron mis abuelos y mis papás, y a mi percepción la idea del respeto, los modales y la educación eran mejores en esos tiempos.

A mí me preocupan los tiempos actuales. Estoy criando a un niño que va a un colegio que le pide una calculadora para enseñarle algo tan básico como sumar y donde se le llama viaje educativo a una gira hacia la bolera. Un niño que me dice que solo alguien tonto pasa dolor para hacerse un tatuaje, o sea me llamó tonta porque en efecto tengo un tatuaje, y considera trágico que no tengamos servicio eléctrico porque el celular no se puede recargar.

¿A dónde se fue la madre del tatuaje? ¿Qué me queda a mí entonces?

Ya mis días libres no son los de ir a solearme en la playa. Ahora son de field days, entrega de notas, juegos de baloncesto, citas médicas y en un abrir y cerrar de ojos, unos boletos de concierto o cine, se pueden convertir en facturas de emergencia o en el programa de la actividad escolar de navidad.

Todo lo mencionado convierte mi vida en una aventura llamada Madre.

Aventuras que no se acaban y que cada día se vuelven más complejas. Escuchar a la gente y a una misma hablar sobre esto de ser madre es cómico, confuso y hasta desesperante muchas veces, pero todo depende del lado que veamos del cristal. Yo me lo disfruto, especialmente, cuando tus planes de manicura y pedicura son interrumpidos por un catarro todos los días. En fin, a mí me relaja compartir las historias, interrumpir mis agendas porque es una forma de dejarme saber a mí misma que adoro mi trabajo, en sí, ser una madre trabajadora.

A veces hay amigas que me preguntan por qué no pude ir al cumpleaños más esperado de nuestro círculo social – sarcásticamente pienso en que no fui porque quizás porque no me he podido pintar las uñas- si Facebook está lleno de fotos mías y de mi hijo, un tipo guapísimo, a todas esas personas les digo: Soy madre, ¿y qué?


Biografía de la autora

Tengo 41 años, casada. Me gradué de la Universidad de Puerto Rico, Recinto de Humacao con un grado en Microbiología. Trabajo en Servicio al Cliente y me apasiona la Industria Hotelera. Soy amante de la música y la televisión. También debo aceptar que soy adicta a los Reality Shows ya que grabo cada episodio de Dancing with the Stars.  Por alguna razón disfruto la comedia del Show de Raymond y gracias a una compañera de trabajo Games of Thrones ganó recientemente mi atención. Soy fiel creyente de Dios y como buena boricua soy amante de la política y la religión. Tengo una perrita Boston Terrier que es la princesa de mi casa. Soy extremadamente organizada en el hogar y me encanta la comida, debo aceptar que el condimento mejicano me fascina. En adición, soy amante del buen vino, también, me gusta dibujar, pintar y cocinar. Detesto el ruido y me apasiona leer. Adoro mi pueblo de Fajardo y no lo cambio por nada. C.J.