La Soberanía se Aprende

Kiara Candelaria

Escrito por: Jenaro A. Abraham-Child


Cuando empecé a estudiar Educación un profesor de la Facultad me comentaba que a veces nos toca aprender algunos conceptos para después “desaprenderlos”. Por ejemplo, me enseñaron de pequeño que en las matemáticas los números ‘naturales’ se contaban en unidades de positivos y que estas solo se le podían restar si el número era mayor que su contraparte. También me enseñaron más tarde que las unidades por más rígidas que sean en su aplicación (como en la contabilidad ya que compramos y vendemos en unidades) las mismas son relativas a las totalidades de otras.

Al igual que en las matemáticas las otras áreas del conocimiento requieren de este diálogo dual entre el “aprender” y el “desaprender”, sin entrar en las dimensiones menos contrincantes de estos dos conceptos, también me toca reconocer la importancia del “desaprender” en las distintas áreas del saber.

Trabajo en el tercer piso del Colegio donde “imparto instrucción”. Pocas son las veces que me aventuro a pasear por el pasillo del segundo nivel. Pero cuando lo hago me tropiezo con cartulinas coloridas de los municipios con sus alcaldes, policías, plazas públicas, monumentos, banderas, “próceres” y la foto del niño o la niña a quien le tocó el “tostón” de hacer su proyecto sobre uno de los pueblos más alejados de San Juan.

No toma la astucia o el rigor de un académico para notar que existe una serie de imaginarios socio-espaciales detrás del concepto de zonificación ya que los muchachos no viven en municipios sino en urbanizaciones de montañas aplanadas con acceso controlado. Su vida gira en torno a otra idea de ciudad, una que se alejó de la centralidad de la plaza y el pueblo. No les tocó de forma tan rígida “desaprender” esos conceptos urbanos de convivencia como lo fue vivirla día a día para otras generaciones.

Kiara Candelaria
Kiara Candelaria

Lo mismo pasa con el concepto de “nación”. Pero hablar de “nación” se vuelve aún más complicado.

La “nación” como concepto toca las fibras más íntimas de nuestras respectivas confusiones y desaciertos coloniales. Trata de homogenizar o por lo menos agrupar algunos rasgos históricos, étnicos y políticos para explicar nuestra idiosincrasia isleña. Busca emparentarnos con chistes, acentos y frases célebres que encierran un fenómeno social “colectivo” inexistente. También intenta construir un imaginario de la puertorriqueñidad que nos unifica sin cuestionamiento alguno. Lo imaginario entre muchas otras  cosas reside en la falta de conocimiento histórico sobre Puerto Rico junto a los referentes extra-isleños que tenemos sobre los conceptos de “nacionalidad” y “país”.

Particularmente en el caso de América Latina las revoluciones independentistas-republicanas, en su mayoría, se dieron en el plano europeo de las guerras napoleónicas. Adjunto a estas luchas se incorporaron los intereses económicos que representaban al sector criollo de poder en las Américas. Pero más allá de los impulsores de estas guerras de independencia el andamiaje ideológico de la autonomía de los pueblos subrayaba en la necesidad de la participación popular en la toma de decisiones. Aún con sus fallos, desaciertos y fracasos particulares, la “nacionalidad” como concepto se forjó dentro de los parámetros ideológicos de la democracia republicana. Tanto sus fracasos (como logros) se dieron bajo las circunstancias propias de este proceso de “desaprender” una noción medular como la de “tiranía de los monarcas” ya que se entendía que era el orden correcto de gobernanza.

No obstante, en Puerto Rico, a diferencia del resto de América Latina, se dieron unas particularidades históricas que lo apartaron de la narrativa tradicional republicana. Dado esta problemática quedan algunas interrogantes: ¿Acaso nos podemos llamar de tal forma si nuestro desarrollo histórico no nos permitió un acercamiento serio sobre la adquisición de poderíos autonómicos que forman parte del modelo soberano en otros países latinoamericanos? ¿O nos toca examinar los modelos del Norte donde las repúblicas se han forjado en la centralidad y supremacía de la constitución federal? ¿O quizás las voluntarismos puertorriqueños aguardan unas contestaciones más cónsonas con las realidades coloniales extra- isleñas?

De todas formas si queremos llamarnos nación nos toca desaprender algunas limitaciones históricas para forjar nuestra propia soberanía.

Pedro Albizu Campos hablaba de una ‘nación intervenida’ que se desarrollaba progresivamente, casi como un ente orgánico. Se entiende que su desarrollo estaba atado a la realización de la puertorriqueñidad como un ente unificador ante la imposición colonial. De la misma forma, para Albizu Campos, nuestro desarrollo como nación y futura república fue coartado por dicha intervención. Entonces, acorde a su premisa, era importante independizar a Puerto Rico de los elementos imperialistas que buscaban profundizar la atadura colonial, que con una resistencia impresionante, ayudaron a construir el imaginario moderno de la República del Futuro. Pero como conocerán algunos la historia, la construcción del Estado Libre Asociado, fungió como ente amortiguador ante la posibilidad de crear una asamblea constituyente soberana, junto a otras realidades políticas más concretas.  Ya con este nuevo pacto social entre el imperio estadounidense y los astutos negociadores, vino el aprendizaje de lo más problemático y conflictivo de nuestra realidad política moderna: el mito de la soberanía.

No hay que tocar muchas fibras para entender que las realidades políticas del país no lo deciden las personas sino las entidades corporativas estadounidenses. Los voluntarismos políticos que exaltan este mito soberano tratan de convencernos de que “existen alternativas” para deshacernos de las problemáticas económicas nacidas y criadas en los Estados Unidos.

“Aquí se pueden hacer muchas cosas” dirán algunos. “Pero es que no se administra bien”, contestarán otros. “Si esto lo corriéramos como una empresa las cosas serán muy distintas”, dirán muchos. Pero como buenos empresarios que son los políticos del archipiélago, la mentalidad emprendedora de “Innovaciones”, “Competencia” y “Futuro” se queda corto ante el cuadre de caja.

La soberanía de un “pueblo” no se puede concebir meramente bajo los parámetros constitucionales de su fundación sino que también debe ser evaluada bajo su categoría económico-cultural. Una verdadera democracia salvaguarda el valor humano antes que el dinero por más imponente que sea la amenaza de la deuda. Un impuesto, por ejemplo, que busca “cuadrar caja” en lugar de promover el desarrollo económico de un país solo demuestra la falta de soberanía que tienen los puertorriqueños ante las problemáticas políticas que les competen tanto en el presente como el futuro. Esta trayectoria histórica nos prueba nuevamente la necesidad de desaprender los conceptos erróneos de nuestra idiosincrasia isleña y aprender otras que sean más consecuentes y honestos con lo que somos.

 


Biografía del autor

Jenaro Alberto Abraham-Child nació en Huntington West Virginia en el 1988. Después de obtener su bachillerato de la Universidad de Puerto Rico, Recinto de Rio Piedras (UPR-RP), en Educación Musical fue admitido al Departamento Graduado de Historia donde actualmente cursa estudios conducentes a grado en historias del Caribe y América Latina.

Actualmente es maestro de Historia y Ciencias Sociales en el Episcopal Cathedral School donde imparte instrucción en Humanidades, Historia de los Estados Unidos, Historia de Puerto Rico, Sociología y Economía.