Rayita

Eran las diez de la noche cuando entró sigilosamente por la ventana.

Mientras traspasaba la corroída cortina azul turquesa notó que para llegar al piso tenía que dar uno de sus típicos y elásticos brincos.

Saltó como de costumbre a sabiendas de que hoy encontraría algo distinto adentro del conocido espacio.

Se deslizó por la alfombra para frotar su pelaje sobre la sucia y opaca felpa lastimada por los pasos ajenos, esos que habían quedado como evidencia de los visitantes pasajeros que habían otorgado vida nocturna al apartamento.

No lo pensó, por tanto, al rascarse la espalda decidió habitar esos tantos rastros y deseos que pertenecían ahora a los fantasmas que se han marchado a un sector más civilizado de la ciudad.

No podía llorar la ausencia de los antiguos verdugos que irónicamente eran benevolentes. Solo podía recorrer en silencio los vestigios de la última mudanza.

Paso a paso llegó al baño, trepó el retrete con la tapa abierta y procedió a tomar del agua marrón estancada hace ya unas dos semanas.

Miró su reflejo sobre el líquido y notó por milésima vez las orejas puntiagudas, la rosada nariz pequeña y manchada, sus finos y largos bigotes y el corto cuello que le impedía explorar los tantos huecos que proliferaban en las casas abandonadas del sector donde pernoctaba.

Sacudió la cabeza para luego dirigirse a la pequeña cocina que tenía lugar al final de la sala. Buscó en lo que antiguamente era un zafacón, uno que ahora estaba premiado de los alimentos desperdiciados por la mediocre gula de los inexistentes inquilinos.

Hoy solo encontraba una hoja de lechuga podrida y un pedazo de queso gris. Eso le daba para llenar la panza protegida por los marcados huesos de sus costillas.

Rayita era un gato muy pero muy flaco. Era también un felino pobre que había nacido en el rincón de un conflictivo barrio que parecía no echar hacia adelante aunque sus calles tuviesen nombres de famosos países y aires de renombradas ciudades españolas.

Se lamió la pata delantera por unos minutos, luego quedó estático, como pensando en las comidas de un pasado esplendoroso, ese tiempo en el que los verdaderos amos planificaban su felicidad en forma de latas con olor a pescado. Eran verdaderos porque tomaban en consideración su hambre pero eran amos porque siempre lo dejaban allí, como otra cosa olvidada en un proceso de mudanza.

Hacer o recuperar la memoria era adentrarse en una dimensión muy confusa, para él era mucho más fácil valorar lo que quedaba de ese entonces: el sofá verde limón lleno de pelusa que se encontraba en lo que fue un estudio/biblioteca.

Al menos eso le dejaron los que se fueron, los fantasmas aún vivos.

Trepó el sofá y se obligó a soñar sobre los recorridos que hacía día a día sobre el techo de los carros, siempre en la búsqueda de un encuentro que le consolara esa agonía triangular, babosa, rosada e incontrolable que solo una gata podía mitigar con los maullidos que se escondían tras la goma de un carro abandonado tarde en la noche.

También soñaba Rayita con las violentas peleas encauzadas con los otros gatos del barrio, unos que siempre perdían por no saberse proteger de su movida clave, de su grandiosa estrategia de primero morder el cuello y luego arañar profundamente el ojo del contrincante hasta dejarlo en una ceguera parcial.

A veces tenia pesadillas donde solo podía reconocer a sus enemigos tuertos comiendo de los basureros al aire libre, lo peor era el sentimiento que crecía con su mirada al confirmar que esos jodidos animales eran sus hijos y hermanos.

Y en la realidad, lo eran.

Horas después Rayita despertó, se estiró y caminó hasta el estante lleno de carcoma ubicado bajo la ventana. Sus planes no habían cambiado. Era un nuevo día y ya se acercaba la hora de recorrer los zafacones de los restaurantes aledaños.

El hambre había vuelto y la ciudad lo esperaba como siempre: como otro ser adoptado por la miseria.


Escrito por: Camila Frías Estrada