VOL. 1 -Crónica(s) sobre un intento de violacion sexual y otros acosos callejeros

Por: Stephanie Anderson Morales

Ya que nuestro particular tiempo lo amerita, creo que es hora de contarles una de las experiencias más aterradoras que he vivido como mujer a lo largo de mis 29 años sobre esta Tierra.

Hace tiempo que quería compartir estas vivencias ocurridas hace unos años atrás y que toman como escenario principal la ciudad de Río Piedras en San Juan, Puerto Rico.

No me fue fácil compartirlas como lo hago ahora.

Tengo que confesarles que el leer las historias algunx de mis compañerxs  en torno a este tema, me dio un poco más de valentía para escribirlas. Aunque confieso que el miedo a que me proyectaran con un velo de víctima siempre vencía mis ganas de escribir.

No obstante vencí ese miedo y ahora les narro el encuentro más cercano que he tenido con una violación sexual en mi vida.

El aparatoso evento ocurrió entre el 2005 o 2006. Era el cumpleaños de nuestro amigo Manny en casa de los muchachos en Santa Rita. Para este tiempo yo estaba viviendo en Hyde Park y había estacionado mi Ford Escort, color vino, en una calle perpendicular a la Calle Celis Aguilera.

Llevaba un traje negro con polka dots blancos y unos zapatos de plataforma alta que también tenían puntitos. En ese entonces mi pelo estaba teñido de color verde fosforescente.

Nunca he creído en la estética prístina ni nada por el estilo, pero quería aclararles cómo me veía yo al espejo en esos años y en aquélla fiesta. Es difícil olvidarlo por los eventos que le siguen a esa muchacha que una vez fui y que aún soy.

Al terminar la fiesta e ir a buscar mi carro noté que se había explotado una goma.

Frustración.

Ese carro me había traído tantos problemas…

Un grupo de amigos me ofreció pon -un aventón- pero ya eran cinco personas en ese carro. Y debido al jodón asunto con el automóvil me sentía un poco down. Por lo tanto quise caminar para pensar y estar cara a cara con mis sentimientos y frustraciones.

Recuerdo que mi amigo Rigoberto insistió en que aceptara el pon pero yo obstinadamente lo rehusé.

Salgo de Santa Rita a pies y con un abrigo negro colocado sobre mi vestido con todo y capucha.

El sol comenzaba a salir.

A esa hora iba caminando por la acera de El Mexicano cuando vi un hombre…

Era un hombre de tez oscura…

Intento verificar si está de frente o me da la espalda.

Lo observo con lujo de detalle.

Fácilmente medía 6 pies.

Luego confirmo el problema: el tipo viene hacia mi.

El hombre llevaba puesta una muda de ropa tipo fatiga militar. Al acercarse – ya que caminábamos en direcciones opuestas- él extiende su mano y me toca en el área vaginal.

Le golpeo la mano para sacármela de encima y continúo mi camino.

Él, aparentemente, sigue su rumbo.

Mientras caminaba, sin sentirme sacudida emocionalmente por lo ocurrido, pensé en las historias de mi abuela sobre los hombres “Comandos” que una vez operaron de forma macabra en Utuado.

Ella me relató que este tipo de hombres atacaban a las mujeres con cuchillas y les cortaban la ropa para dejarlas al desnudo. Identifiqué a mi atacante en ese entonces como un Comando.

Camino hacia mi casa. Mientras tanto pienso en qué haría si me intentarán violar.

Al entrar por Hyde Park veo a la gente correr y el camión de basura pasar. En fin, ya había amanecido.

Me cruzo con tantas personas en el camino…

Al llegar a mi calle escucho un ruido muy bonito que llama mi atención. Busco la fuente. Eran burbujas que salían de una alcantarilla desbordada. En ese momento de mi vida yo me la pasaba grabando sonidos curiosos para registrarlos e integrarlos a mi música.

Ese hermoso y rítmico sonido de las burbujas habían sido enviadas por mi ángel guardián ya que al agacharme, y detenerme para oírlas, pude notar que durante todo ese tiempo el tipo me seguía.

Y recordar que solo minutos antes había pasado por el frente de toda esa gente que se levantaba en mi urbanización pero nadie se dio cuenta o se tomó el tiempo y la preocupación de advertirme que me seguían.

El hombre notó que yo lo había mangado y por tanto aceleró su paso hacia mi.

Yo estaba a cuatro casas de mi casa y no quería que él supiese en dónde yo vivía. Tiré mi cartera sobre la grama en la acera. Recuerdo que adentro estaba mi cámara.

“Si quiere robarme, irá tras mi cartera”, me dije. Él estaba muy cerca. Venía hacia mi e ignoraba mi bolso.

La proximidad de un violento encuentro me obligó a quitarme la capucha del abrigo negro exponiendo mi cabellera color verde. Él me intenta agarrar. Yo comienzo a gritarle a toda boca: “¿Quién carajo tú te crees? ¿Quién carajo tú te crees que eres?”

Él me trata de agarrar para cargarme. Me tiro al piso. Pateo. Lanzo las patadas hacia él. Trato de darle en las bolas. Le sigo gritando: cabrón.

Él no pronuncia ni una palabra.

Hago mucho ruido. Sigo peleando. Finalmente, él sale corriendo.

Le grito que se vaya para el carajo, “canto e’ cabrón”. Sigo gritando hasta verlo alejarse lo suficiente para llegar hasta mi casa sin que lo note.

Mi voz se entrecorta en el último grito.

Recojo la cartera y logro abrir el portón. Cierro la puerta. El sentimiento que tuve en ese momento fue sentirme victoriosa.

Me intentaron violar -¿para qué más me quería si no le interesaba mi cartera?- pero el agresor se fue corriendo. Lo había espantado.

Tenía la adrenalina a mil pero me sentía satisfecha con mi desempeño.

Decidí llamar al 911 para que la policía pasara y arrestara al tipo.

En mi mente veía el mapa de Santa Rita y sabía que no podía estar lejos.

A esa hora y vestido con la ropa militar, era inconfundible.

Llamé al 911. Me contesta una operadora. Le indiqué que acababa de sobrevivir un intento de violación pero que le di al tipo y por tanto salió corriendo. Que todavía tiene que estar en el área. Que quiero que pase la policía para que lo atrapen.

La operadora me pregunta si quiero hacer una querella. Le digo que no. Que lo que quiero es que pase la policía por mi urbanización y que busque a la persona que describo: un violador.

La operadora me vuelve a preguntar si quiero hacer una querella. Yo le afirmo que estoy bien, que no necesito que la policía pase por mi casa, que lo que necesito es que agarren al tipo.

Termina la conversación para quedarme completamente confundida.

Gente, yo tenía 20 años y no sabía qué era una querella o para qué servía. Yo sólo quería que cogieran al tipo. En mi imaginación, cualquier patrulla que recorriera el perímetro de mi casa lo encontraría. No podía estar lejos, seguía pensando.

Me acosté en la cama de mi cuarto, la misma quedaba debajo de la ventana que daba hacia la calle. Me mantuve despierta hasta las once de la mañana. En ningún momento pasó la policía por mi casa, ni por mi calle.

“Sabrá Dios a cuantas sí logra violar este tipo”, pensé antes de cerrar los ojos.

No obstante, me sentí victoriosa de haber superado el evento con un final sin el trauma de una violación sexual incluida en mi vida.

Le conté a mis amigos y compañeros cercanos lo ocurrido.

Me sentía más fuerte que nunca en los primeros días pero esta sensación no se quedó conmigo.

Recuerdo que una compañera de trabajo, al oír lo que me había pasado se me acercó para decirme lo valiente que yo era, que ella en una situación así no hubiera sabido reaccionar y de seguro se hubiera paralizado. Sus palabras calaron hondo en mi, al darme cuenta que no todas las mujeres reaccionarían como yo.

No sé que hubiera hecho si él hubiese llegado a tener un arma. Si tenía una, nunca la llegó a sacar.

Lentamente comencé a tener más miedo de andar sola, de que me volvieran a tocar, de que lo volvieran a intentar, de volver a encontrarme con ese tipo…

En mi trauma percibía que esa persona aún estaba libre. Todavía veo su cara en otros hombres con el mismo fenotipo.

A veces identifico sin razón de tiempo, a este agresor en su caminar: “él no caminaba como camina la gente de Río Piedras”, me repito.

Su paso era firme, militar, silencioso y sigiloso… Él no tenía ese “swing” peculiar que siempre veía en la gente del sector donde he vivido por tantos años.

Creo que desde entonces me hice más frágil.

Mi sentido de seguridad al salir de mi casa no fue el mismo. Y cada vez que recuerdo esta historia, no siento la victoria que en aquél momento abracé con orgullo.

Nunca volví a usar el traje que llevaba esa mañana porque me recordaba a ese ataque. Y después de este atentado, adopté la costumbre de siempre andar con una cuchilla en el bolsillo, especialmente al caminar sola.

Después de ese día, me siento vulnerable. Y en momentos de alto riesgo siento revivir la rabia y el miedo que se han acumulado en mí desde que enfrenté a ese cabrón que cortó mi sentido de seguridad aquel amanecer.