Vol. 2 Crónicas de un Asedio: Cuando los Hombres de la Ciudad te Persiguen con Malicia

Río en verano

Por: Stephanie Anderson Morales

Hace 2 semanas les conté sobre el día en que un hombre vestido con ropa militar me tocó sin mi permiso y me siguió hasta la calle en que vivía con siniestras intenciones.

Este recuento toma lugar mas o menos para la misma época del anterior percance, cuando yo vivía en la Urbanización Hyde Park, en Río Piedras.

En se entonces yo solo tenía 20 años.

Durante este tiempo trabajaba en el Blockbuster Video de la Avenida Piñero.

Los trabajadores de este lugar éramos tanto compañeros de trabajo como amigos.

Era común que nos quedáramos compartiendo juntos después del cierre de tienda y que luego disfrutáramos del beneficio de alquilar 7 películas gratis (que no fueran estreno) a la semana.

No recuerdo qué película veíamos mi compañero de trabajo, amigo y futuro roomate, Felipe, aquel día en mi casa…

Quizás eran las 11 de la noche en ese momento o quizás eran las 8pm.

Sólo recuerdo que en mi libro no era demasiado tarde para llevar Felipe hasta su casa en la Urbanización Reparto Metropolitano.

Lo llevaría en mi infame y desgraciado Ford Escort color vino.

Su casa quedaba a 10 minutos de la mía, si no menos.

Luego de dejarlo en su hogar comencé a sentir algo raro, como un halo de paranoia que comenzaba a invadirme.

En ese momento, sentí que el carro de atrás me estaba siguiendo.

“¿Estaré paranoica?”, me cuestioné.

Estaba en la Avenida Américo Miranda cuando noté al perseguidor en su auto.

Me percato del asedio y  con seguridad cambio al carril de la extrema izquierda.

El hombre hace el mismo cambio.

Racionalicé que sería común transferirse desde la Avenida Américo Miranda hacia la Avenida Piñero puesto que es una ruta común.

“Pero, ¿cambiarse también del carril de la derecha al de la izquierda también?”, tenía más y más preguntas.

Su auto se mantenía al rebufo muy cerca del mío…

Decidí ser cautelosa-paranoica y no tomar la entrada usual, la del 7-11, en dirección a mi casa.

Me interné en la urbanización por la entrada que está después de la Panificadora, justo antes del puente peatonal y ¿adivinen qué?

El hombre en el carro toma la misma salida.

Pisé el acelerador, le metí chambón.

Me adentré por otras calles, tratando de hacer perder el carro.

Le meto chambón, me meto por otra calle.

Le metí chambón, me metí por otra calle.

Repito ansiosamente mis pensamientos.

Cambio de tiempo las oraciones sin querer.

Vuelvo al tiempo mismo del problema/situación que tenía que enfrentar.

Asumo la realidad del asunto en juego.

Desaceleré.

Tenía el corazón a mil y los ojos bien abiertos.

Necesitaba saber si el carro aún me seguía.

Recuerdo que conducía lentamente, subía una cuesta cautelosamente mientras miraba intensamente el espejo retrovisor.

Cuando en ese moment vi el resplandor de las luces del carro que me seguia.

El tipo fue estratégico al mantener su distancia por muchos metros.

Al mangarlo presioné el acelerador hasta JON.

Entré por mi calle.

Paso de largo mi casa y decido regresar en dirección hacia el 711, donde había visto unos segundos antes unas patrullas de la policía estacionadas afuera.

Llego hasta el 711.

Frené de cantazo, bajé la ventana.

Le grité a un policía por ayuda.

Antes de que el policía lograra acercarse hasta mi carro, el hombre que me seguía, uno que pude definir como un señor grueso entre los 50 a 65 años y de bigote con canas, alinea su carro con el mío.

Recuerdo que me miró fijamente a los ojos y me lanzó un asqueroso beso.

Él continuó su camino como si nada hubiese ocurrido.

“No era paranoia”, me dije.

Volví al presente y al hombre policía que tenía en mi frente.

“Ese es el carro que me viene siguiendo”, le indiqué.

Si no me falla la memoria el auto era color verde.

“Me ha estado siguiendo, probablemente para violarme. Pues se acaba de alinear después de yo guiar como loca por la urbanización y al final me tiró un beso”, le detallé.

“Pues usted hizo lo correcto en venir a donde había gente. Eso es lo correcto de hacer en una situación como esta”, me contestó el policía.

Esas palabras nunca las olvidaré.

Es más, hasta las puedo repetir con toda la certeza del mundo en cualquier espacio, tiempo y lugar.

WHAT….. THE….. FUCK!

“¿Y no pueden seguirlo o detenerlo? Es un carro verde y estoy segura de que es un violador”, le indiqué añadiendo más detalles sobre el modelo del automóvil.

“No”, me contestó con seguridad el fracasado servidor público disfrazado de policía.

Frustración, coño.

Frustración, no supe qué hacer con la respuesta. 

Me quedé frente al 711 unos minutos, asegurándome de que el tipo no volviera.

Temblé.

No pude entender cómo el hombre policía no percibió en mi caso un sentido de urgencia y emergencia.

“¿Por qué no siguió el carro, por qué al menos no lo siguió y anotó la tablilla para buscarla en el sistema para ver si la persona tenía antecedentes de agresor sexual y tomar futuras precauciones?”, me repetía con rabia en silencio.

Yo instintivamente entendí que esa no era la primera vez que esta persona acechaba a una mujer o a un ser indefenso.

Todavía al sol de hoy me hago las mismas preguntas.

En mi visión de mundo en aquél entonces asumí que los hot dogs, las pizzas y las donas del seven le eran más importantes al policía que atrapar a violadores.

Ahora entiendo que aquellos referentes de películas de Hollywood no eran aplicables a dicho contexto.

Simplemente, el sistema era deficiente y ciego ante los asedios nocturnos que puede sufrir y enfrentar una mujer.

Cuando ya me sentí segura de que el hombre que me acechaba no regresaría, proseguí el camino hasta mi casa.

Miré atentamente hacia todas las direcciones, con los instintos de supervivencia guiando mi cuerpo y mente.

Lo último que recuerdo es el miedo y  el terror que sentí al estacionarme frente a casa y correr hasta el portón.

Qué alivio fue el lograr abrir y cerrar el candado del portón y firmemente cerrar la gran puerta de madera que estaba en el balcón.

Esa puerta que creó una sólida barrera entre mi cuerpo y hombres como ese.


Nota al calce: Recuerdo cuando niña, haber tenido una libreta donde anotaba enseñanzas propias y frases notables para la vida. “Better be paranoid than sorry”  escribí una vez. Esa es la sabia frase que me he repetido mentalmente una y otra vez en momentos como el que les acabo de relatar. Hay palabras que salvan vidas.