Cuando el estereotipo desaparece: ofende

Kiara Candelaria

Por: Ciudad Puente


Esa noche la extenista “Gigi” Fernández expresaría desde algún dispositivo tecnológico la duda y el fervor nacionalista que algunos puertorriqueños practican día a día en forma de micro xenofobias cuando se habla sobre la función y presencia de la comunidad dominicana en Puerto Rico.

Durante la apertura de los Juegos Olímpicos en Rio de Janeiro, Gigi se cargaría de un honor mezclado con desidia y “twitearía” en su irónico spanglish: “¿Es Dominicano o de Puerto Rico? Double standard”.

El oprobio para ella era evidente, la bandera puertorriqueña estaba en las manos de un deportista afroantillano oriundo de Quisqueya. La entrada de Jaime Espinal a la pantalla significaba un reto al estereotipo que lo designa históricamente al imaginario de las yolas, las labores domesticas, la construcción de edificios y la pobreza urbana.

Tal imagen significaba que la frontera intranacional, esa que permite marcar la superioridad del puertorriqueño y la inferioridad del inmigrante dominicano, se desvanecía ante los ojos de una exitosa deportista criada, en parte, por su “Tata” quisqueyana. La función homogénea del dominicano destinado a la servidumbre fue inmediatamente anulada.

“Pero, ¡por Dios! How can this be possible!”…

Por lo tanto, asumió, que con su malicioso cuestionamiento y xenófoba afirmación podría revertir e invalidar la función deportiva de un joven dominicano puertorriqueño producto de las alianzas y el esfuerzo entre dos comunidades caribeñas que han decidido coexistir, reconocerse y trabajar en conjunto por sus proyectos de vida en tierra borinqueña.

El resultado de su maquiavélica movida no la hizo ganar medalla o premio alguno.

La mala fe de Gigi reveló las contradicciones que habitaban en su biografía, una que ha opacado el posible resurgimiento de tres temas poco discutidos en la agenda mediática local: 1) la validación de una hibridación cultural entre Puerto Rico y República Dominicana, 2) la posibilidad de una auténtica pancaribeñidad y, 3) la revalorización de las identidades caribeñas diaspóricas.

La revisión seria y continua de estos temas nos permitirían reconocer que en la sociedad puertorriqueña, hoy por hoy, existe la xenofobia. Que la moderna idea de “todos somos iguales y ciudadanos del mundo” muchas veces se afirma desde la duda y la condescendencia nacionalista. Y que para ser “parte de” o “sentirse de” no se tiene que nacer en un territorio específico. En fin, que la identidad no es una construcción social estricta sino que está en constante evolución.

Por lo tanto, el “tweet” de Gigi Fernández no se puede leer únicamente desde la xenofobia implícita del mensaje sino también desde su capacidad autoreflexiva. En las apologías y rechazos que han circulado en el ciberespacio se puede identificar que las identidades caribeñas diaspóricas aún se interpretan desde los fundamentalismos nacionalistas.

Esto se confirma en la opinión general de los internautas al indicar que Gigi no puede criticar a Espinal porque en el pasado jugó en representación de los Estados Unidos y eso la hace “una vende patria” o dicho en palabras más respetuosas “la que ejerce verdaderamente la doble moral”.

En dado caso se da a entender que la xenofobia es un derecho adquirido del auténtico “boricua”.

Otros comentaristas han optado por defender la libertad de expresión de la ofensora y la invisibilización de un tema digno de discusión pública en Puerto Rico. El “pues que bien” y esas son “controversias absurdas” constituyen las frivolidades que mantienen el espectro de la xenofobia a flor de piel en la isla.

Esas son las opiniones que quizá calan hondo en los boricuas dominicanos de primera y segunda generación nacidos en Puerto Rico. Esos que tienen miedo o vergüenza en decir: mi mamá o mi papá es dominicano.

Esos  son los “dominicanos” que merecen aceptar una patética y arrogante disculpa que termina en: “Let’s give credit where credit is due. That’s all”.